Otoño del 2001, desde algún lugar de California
Hombre de piedra:
Dice Simone de Beauvoir ‘’ la gente feliz no tiene historia, en el desconcierto, la tristeza, cuando uno se siente quebrantado o desposeído de sí mismo experimenta la necesidad de narrarse’’ Creo que no habría encontrado mejor figura para describir lo que siento. Entre el dolor y el alivio.

Sé que extrañaré la angustia de la tremenda contradicción de nuestra relación, pero no quiero la comodidad de abandonarme a la melancolía y la frustración constante.
Nuestros recuerdos quedarán como la única construcción conjunta. Claro que cambiaron nuestras subjetividades los paseos por el Bósforo, la magia de Estambul, el baile del viejo derviche en un rincón cualquiera, tan lejos de su monasterio, mi ansiedad adolescente de vibrar en cada paso por las calles de Éfeso, donde paseó su aristocrática sabiduría Heráclito, uno de mis filósofos favoritos.
El Partenón iluminado y ese niño flaco y triste, con un bandoneón en el tren, esperando alguna moneda escasa, en la Grecia del derrumbe. O, el joven de Bangladesh, que caminaba como un burro cargando paquetes y valijas por dos euros, en la Estación Rímini de Roma quien, al escuchar nuestro acento, nos dijo con una amplia sonrisa ‘’Borges’’, ’’Marta Argerich’’, ese que no entendió mi carcajada, porque era la primera vez, que no nos gritaban ‘’Maradona’’ o ‘’Messi’’. Un joven especializado en literatura y música argentina. Me pregunto hasta hoy, si en esa Europa tan fría y soberbia, habrá encontrado su propia Acrópolis.
¿Cómo olvidar la visita al campo de concentración y exterminio nazi de Dachau en un día frío y con llovizna, en Múnich? Creo que, en medio de lágrimas incontenibles, en ese momento pude alumbrar el comienzo del fin, de lo que sea que hayamos vivido.
Tampoco olvidaré, el discurso de una hora, de una académica revolucionaria en el Instituto José Martí, en La Habana, ni al excéntrico concertista de guitarra en Brasil, en un bar de mala muerte. Ni la visita a la casa de Pablo Neruda, en Isla Negra, con sentimientos encontrados, luego de haber sabido que ese enorme poeta y comunista tardío, también fue un violador. Dije que algún día, escribiría algo al respecto.
No olvido los paseos por Santiago de Chile, Lima. Si hasta Asunción del Paraguay, me pareció bonita.
Como verás, el problema no son los fallos de memoria. Un amigo, me dijo cierta vez ‘’ entre la cuna y el ataúd, quiero hacer algo más que solo pagar impuestos’’ De eso, se trata. Ya no quiero circular por la vida como una trashumante sin otro objetivo que el disfrute de los sentidos.
No se trata de mi memoria, sino de tu natural amnesia y desapego hacia el sufrimiento de los otros. Esa tarde, en que volvimos del campo de exterminio, tu mayor preocupación fue conseguir queso Boursin para untar los sándwiches de arenques y beber champagne de vino tinto de Crimea. Creí que estallaría, pero aún faltaban varios días para regresar.
En algún momento, aquello que disfruté con inconsciencia, detonó en mi cabeza, mi hígado, mis manos: demasiada carga para mi maltrecha historia de vida.
Detesto tu colección de trajes y fragancias de marca, la vajilla de plata heredada por generaciones en tu familia, tu afición a la literatura de supermercado, tus camperas y botas de carpincho que en tu reducido universo, son símbolos de estatus,(jamás te cuestionaste cuántos pobres bichos habrán matado-continuarán matando-para ir por la vida ostentando uno de los sellos de pertenencia), tus inseguridades, tanto como para saludar en voz alta a los conocidos en los restaurantes. Que no me regalaras una palabra, una sola palabra conmovida, ante la puesta en escena de Fausto de Goethe, por la Fura dels Baus, o la muestra perfecta y perturbadora del escultor Ron Mueck.
Ha sido agobiante hipotecar mi paz solo por algunas intermitencias parecidas a lo que el común de la gente llama cariño. No creo en la providencia. Por momentos nos esforzamos por impostar la compañía mutua, que no fue otra cosa que sumar soledades.
Pasaré por alto tu insistencia para reanudar lo que sea que hayamos vivido No seré la eterna enfermera que alivie tus heridas narcisistas. Solo duramos penosamente, dentro del espectro existencial al que fuimos arrojados. O, al que nos arrojamos.
No extrañaré ningún momento perfecto, porque no los tuvimos, aunque hayamos hecho el esfuerzo. Como ese atardecer en que, con la Tercera Sinfonía de Brahms de fondo, te leí algunos de los Cuentos de la Selva, de Horacio Quiroga, en esa habitación de hotel desde donde podíamos ver y escuchar el rugir de las aguas de las Cataratas del Iguazú, mientras se aquietaban los chirridos de la selva misionera y te perdí cuando quedaste dormido.’ ’Relajado’’, te excusaste varias horas después. ’’Extranjero, indiferente, displicente intelectual’’, interpreté.
En este mismo momento, un rayo de existencia me ilumina, pienso un nombre que me atraviesa, me rompe el pecho como una puñalada, me hunde en la luz tenebrosa de la nada: ¿Quién fue Elvira Madigan? ¿Por qué recuerdo su nombre ahora? ¿Por qué imagino una huella vital de dolor sobre nuestra humanidad? ¿Si a juzgar por tu enajenación existencial, ninguna vida, ningún ser puede ser, realizarse, fuera del hedonismo? Ni un Epicuro, para historiarte.
Si todo lo que tenemos es el ahora, admito que mi mayor error fue generar expectativas. Violé el derecho a no tener derecho de generar expectativas. Me ahogué en el peor de mis naufragios. Sin ninguna costa cercana que me acogiera.
Me siento y estoy lejos, en toda la extensión y dimensión de la palabra ‘’lejos’’. Escucho el eco de mis pasos en esta estancia vacía, apago una a una, todas las luces, cierro todas las puertas, doy dos vueltas de llave, camino unos cientos de metros y arrojo la llave al mar.
Hombre, hombrecito de piedra, tal vez sobrevivas como roca, como magma, como arena. Quizás te mantengas indemne a la erosión de los tiempos o, quizás caigas como sedimento de barro, en los ríos que no llevan a ninguna parte.
PD: Pronostican que este invierno será muy duro por allí. Arreglá las tejas sueltas de tu casa, demasiado enorme, demasiado fría como para que se vuelva, demasiado húmeda. Abrigate. No confrontes con el clima.
Beatrice.
La Otra Voz Digital Directora Marta César