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El juicio se realiza en Santa Fe

Un folletín por entregas reconstruye el caso de Silvia Suppo

La publicación Maten al Mensajero cuenta la historia de la mujer que sobrevivió al secuestro y a la tortura en 1977, testigo clave para condenar al exjuez Brusa y asesinada en 2010 en circunstancias extrañas.silvia_suppo_1rr

Desde hace un año y medio, la revista cultural Maten al Mensajero -historietas, literatura y fotografía- publica la historia de Silvia Suppo bajo la forma de un folletín por entregas. Silvia fue una víctima del terrorismo de Estado en 1977, cuando tenía 17 años. En 2009,  su testimonio resultó clave en uno de los juicios por delitos de lesa humanidad en Santa Fe, donde se condenó al ex juez Víctor Brusa. Cinco meses después la asesinaron, a plena luz del día, en su comercio en Rafaela. La policía dijo que Rodolfo Cóceres y Rodrigo Sosa la mataron antes de robarle. Sus hijos no creen esa versión. Un testigo de identidad reservada vinculó a los imputados con el ex juez Brusa. El 12 de febrero se reanudó el juicio que investiga su muerte.

Santiago Kahn, docente y director de la revista Maten al Mensajero, contó a Infojus Noticias que la idea de contar el caso de Silvia Suppo surgió con la idea de rescatar su historia, y de hacerlo recuperando también otras formas de narrar como el folletín. “El caso de Suppo se hilvana en una tradición, así como se publicaron originalmente las investigaciones de Rodolfo Walsh como Operación Masacre, Caso Satanowsky y ¿Quién mató a Rosendo?. Creemos que hay muchas formas de narrar que existían previamente y hay que actualizar, corriéndonos de la crónica periodística o la nota de actualidad​”​.

A continuación reproducimos tres capítulos de “Silvia”, tal como fueron publicados en Maten al Mensajero.

Capítulo 1. “Presentes”

29 de marzo

Es lunes. Silvia sale de su casa en Sargento Cabral al 200 a eso de las 7 y media de la mañana, rumbo al banco. En la ciudad de Rafaela, provincia de Santa Fe, abren más temprano que en muchos lugares del país. Silvia camina tres cuadras y cruza la plaza 25 de Mayo. A la distancia, saluda a un vecino, el Oso Croce. Posiblemente va pensando en el viaje a París en el que acompañará a su hermano Hugo. Se viene preparando para ello: está aprendiendo a bailar tango.

Vuelve pasadas las 8 y media al local, una talabartería contigua a su casa, para preparar todo para la jornada laboral. En algún momento pasa alguien, pregunta por un mate y se va. Conforme pasan los minutos todo se pone más difuso: alguien, otra persona, posiblemente un hombre, entra al local, la golpea y la deja inconsciente. Esa persona, quizás con la asistencia de otro, la arrastra hasta el fondo del local, detrás de un mostrador. Entre las 9 y las 10 de la mañana de ese lunes 29 de marzo de 2010, apuñalan a Silvia Suppo a plena luz del día rafaelino.

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1977

Es 25 de enero de 1977. En el barrio 9 de julio, sobre la calle Magdalena De Lorenzi se detienen dos autos: un Ford Falcon oscuro y un Torino color ladrillo. Adentro, en la Iglesia Sagrado Corazón de Rafaela se celebra el casamiento de Oscar Hattemer y Patricia. Silvia Suppo, de 17 años, es la madrina de la boda. Su compañero Reinaldo, hermano del novio, tiene 23. Finalizada la ceremonia y a plena luz del día, policías de civil entre ellos Italo Falchini, jefe de la Regional de Policía con asiento en Rafaela, a cara descubierta, meten a Reinaldo en el asiento de atrás. Permanece desaparecido.

El 24 de mayo de 1977 también es martes. Silvia está trabajando en un consultorio de la ciudad de Rafaela, cerca de su casa. Llega su padre a buscarla, junto a dos policías. La suben al auto y a él lo dejan en la vereda, preguntando a dónde se la llevan. Venían de levantar a su hermano Hugo y en el baúl de auto irá Jorge Destéfani. Los están llevando a la Jefatura, agachados en el asiento de atrás del Falcon y esa misma noche los trasladan a la ciudad de Santa Fe. El destino es la cuarta, aunque ahora no lo sepan.  Entran por un garage, aunque no lo vean, pueden inferirlo por el sonido. Durante un mes y medio, para sus familiares y sus compañeros, estarán desaparecidos.

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2009

La voz de Silvia resuena en los tribunales de Santa Fe. Está sentada en una sala pequeña, frente a un micrófono y a los jueces. Al costado están los imputados. Dos de ellos piden permiso para retirarse antes de que empiece a hablar. Detrás de un vidrio hay un grupo de personas sentadas con las fotos en blanco y negro de sus hijos, familiares, compañeros desaparecidos. Su testimonio conmueve a muchos de los presentes e incomoda a otros: los verdugos, sus torturadores. El juez le pregunta por su secuestro, por los tormentos, por la violación y el aborto. La causa es la primera que tiene en el banquillo a un ex juez federal, Víctor Hermes Brusa. Su voz trae palabras que nombran lo que la ciudad de Rafaela no quiere escuchar: la violación como forma de tortura en el marco de un plan sistemático de represión que alcanzó a todo el país. En esa “isla”, como la llaman a la ciudad santafecina, hay continuidades inocultables con los protagonistas de la dictadura. Es octubre de 2009 y Silvia cuenta su versión de los hechos. Alguien por primera vez escucha y Brusa termina preso.

Capítulo 2: “El error”

— Estás embarazada -le dijo Perizotti y Silvia estremeció-.

Era de noche aquel 26 de mayo de 1977 cuando, encapuchados, trasladaron a Silvia Suppo y a su hermano Hugo a “La Casita”. Algunos testigos sostienen que ese espacio de tormentos estaba cerca del río, por los olores que se percibían, y que tal vez estuviera cerca de una ruta. La capucha le impide ver por donde camina y al entrar tropezó con piernas de gente sentada. Se oían los gritos. A Silvia la llevan aparte y le preguntan por Reinaldo Hattemer, su compañero, secuestrado meses antes en Rafaela. El interrogatorio gira entorno a él, a otras personas de la ciudad también. Silvia había terminado el secundario hacía poco. La hacen desvestirse. La llevan a una habitación. La atan de piernas y brazos a una cama chica. Siempre con la capucha. Le amordazan la boca. No hay forma de situarse en ese momento sin estremecerse. Van entrando una, dos, tres personas. Y la violan. No puede gritar ni moverse. La desatan. La hacen vestirse. Pide para ir al baño. Vuelve a pasar por ese pasillo, donde estaban las piernas en el piso. Vuelve a tropezarse con ellas. Y de ahí, de vuelta a la Cuarta. A la semana siguiente se repite el mecanismo.

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— Estás embarazada y a este error hay que repararlo.

Lo que él llamaba un error era en realidad un crimen. ¿Qué pasó por la cabeza de esa joven de apenas 18 años al escuchar esas palabras retumbar en las paredes grises de esa oficina a la que la habían llevado?

— Ya está todo organizado -siguió diciendo Perizotti, como si le hicieran un favor.

Juan Calixto Perizzotti era, en el ‘77, parte de la Guardia de Infantería Reforzada de Santa Fé. En ese despacho estaba también María Eva Aebi que luego acompañó a Silvia Suppo, vestida de civil, a un consultorio en la ciudad de Santa Fe. Iban con ellas otros dos hombres. Al llegar, el médico le puso un suero sin siquiera dirigirle la palabra. No le hablaría en todo el procedimiento. Estaba llevando adelante un aborto para encubrir las violaciones en el marco de la tortura. Esos 15 ó tal vez 20 minutos pueden haber durado un siglo sentada en esa camilla ginecológica. Durante los días posteriores a la intervención, Silvia estaría custodiada por esos dos hombres y su carcelera Aebi. Faltaría todavía un tiempo para la aparición de Monseñor Casaretto, un atadito de ropa y el blanqueo. Pero Silvia eso no podía saberlo.

Capítulo 3: “La fuga”

Un joven tiembla dentro de un traje de cura en el asiento de un auto que está por cruzar el límite con Brasil. Es la primera vez que lo usa. Su nombre es Hugo Rogelio Suppo y está llegando a la frontera junto a Monseñor Laguna. Hoy ese muchacho es  Doctor en Historia, pero primero tuvo que escapar para contarlo.

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— ¿Qué le pasó? – pregunta el médico de guardia en el Hospital Piloto de Santa Fe.

— Le pateó la cabeza un caballo… – le dice uno de los militares que sostenía el cuerpo maltrecho de Hugo.

Los médicos se miran pero no dicen nada y lo llevan a una salita, quizás terapia intensiva. Está solo en el cuarto, en ropa interior y con un suero. Venía de estar quién sabe cuánto tiempo en los tormentos de La Casita. Sin dar señales de haber recobrado el conocimiento, escucha lo que pasa a su alrededor. El vigilante le dice a una enfermera que va a comprar cigarrillos, que le fiche la habitación. Apenas puede, Hugo se repone, se viste con lo que encuentra. Tiene que huir, o matarse, pero no va a volver a la tortura. Mira por la ventana y se tira. Es un segundo piso. Salta una reja y ahí está la calle. Corre una cuadra, o tal vez dos. Encuentra un Falcon estacionado, con una señora tejiendo adentro. Es mediodía. Se pone la mano debajo de la camisa y la amenaza como si tuviera una arma.

Sale manejando el auto y, tres cuadras más tarde, choca. Se baja, todavía atontado por el shock. Corre y golpea la puerta de una casa al azar. Lo atiende un hombre. Lo deja pasar, Hugo intenta explicarle lo que está pasando. Le da ropa, le ofrece comida. El sonido de los helicópteros se siente cada vez más cerca. Y la esposa del impensado anfitrión se descompone de los nervios.

— Me subo a la terraza -le dice Hugo- ustedes no saben que estoy acá. Si me descubren, me tiro.

Pero no lo hacen. Esa misma noche, el desconocido que le abrió la puerta de su casa le dio ropa y dinero, lo lleva en su auto hasta un camino para que se pueda escapar.

Hugo logra comunicarse con su padre y le pide que hable con Jorge Casaretto, el obispo de Rafaela y a quien conoce por su militancia social vinculada a Cáritas.

Disfrazado de cura logran sacarlo del país, con documentos truchos, a través de Monseñor Justo Laguna. Ya en el exterior, Hugo Suppo pone en palabras un secreto a voces: “Hay centros clandestinos de detención en Santa Fe”. Los ecos de su denuncia serán cruciales para la supervivencia de su hermana Silvia y otros detenidos.

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La relación con el por entonces obispo Casaretto provenía de la participación de Hugo y sus compañeros en Cáritas. Luego de colaborar con su escape, el sacerdote empezó a buscar al resto del grupo de Rafaela. Silvia Suppo recordaba que una vez, durante su cautiverio,  la llevaron a la oficina del Comisario, a un lugar con un escritorio. Se encontró con el Obispo que le había traído un atadito de ropa y venía a decirle que su hermano estaba bien, que la iban a llevar a la Guardia de Infantería y que él se iba a encargar de avisar a sus padres. Hasta entonces,  todavía no sabían dónde estaba.

— Quedate tranquila, de ahora en más van a estar en una cárcel. Te van a venir a ver tus familiares – le dijo Casaretto a Silvia, que tenía tan solo 18 años.

 

Imagen : Infojus Noticias