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Femicidios

Nos matan por ser mujeres

Al problema de la muerte se suma el problema de que ya no sabemos cómo nombrarla. Casi que no alcanza con la palabra femicidio, casi que nos queda corta si sólo es capaz de nombrar la muerte de una mujer. Porque ¿cómo se nombra en una palabra no sólo el asesinato sino también la tortura, la violación, la saña, el odio, la profunda cobardía? ¿Cómo nombrar en una sola palabra no sólo la muerte sino el intento de desaparición, la alevosía? ¿De qué forma particular vamos a poder nombrar esta furiosa tristeza que se nos repite, se nos superpone, se nos renueva cada día cuando una de nosotras nos falta? ¿Qué más tenemos que decir para que no nos maten? Pero si no, pero si igual, si después de nuevo, entonces ¿de qué forma quieren que contemos nuestra muerte? ¿Cómo se pretende que reaccionemos?

Imagen :www.pinterest.com
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En los últimos tres días, tres mujeres en Mendoza fueron encontradas muertas. Asesinadas. En los tres casos los sospechosos son hombres. Mendoza es una provincia gobernada por un hombre, Alfredo Cornejo, radical de Cambiemos. Desde 1810 el territorio de Mendoza es gobernado por hombres. Cabildo de la ciudad de Mendoza, Intendencia de Cuyo o provincia de Mendoza desde 1820. Hombres, todos. Una lista abultada de hombres. Varones. Y desde la apertura democrática hasta acá, hombres en alternancia entre el partido justicialista y el partido radical. Varones  del orden y la conservación.

No son juicios de valor ni intentos forzados de dicotomía; son datos históricos, pantallazos de realidad. Como también lo son las mujeres mendocinas asesinadas tan sólo en este año: Sonia Ruth Rez Masud, de 71 años; Natasha Prieto, de 13; Norma Noemí Ríos González, de 36; Daniela Ayelén Núñez, de 25; Rosa Edith Pérez, de 33; Mabel Melanie Trinidad Rodríguez, de 8; Patricia Débora Fernández, de 40; Norma Nora Pereyra, de 65; Florencia Peralta, de 26; Ayelén Arroyo, de 19 ; Julieta González, de 21 y Janet Zapata, de 29.

¿Sería muy largo contar sus historias? ¿Sería tedioso? ¿Casi tanto como contar las gestiones de todos los gobernadores hombres que tuvo la provincia en más de dos siglos? ¿Casi como indagar sobre sus políticas de género? ¿Casi como una lista de Wikipedia? ¿Cómo deberíamos contar las muertes? ¿Cómo, para que definitivamente se acepte- para transformarse- que hay algo que fatalmente nos unifica? Y que es esto: nos matan por ser mujeres.

Por ser mujeres nos violan, nos torturan, nos meten en bolsas, en cal, nos atan las manos y nos tiran en basurales, en descampados, en obras en construcción, en costados de ruta. Así, crudo, seguido y casi sistemático. Casi tan seguido y sistemático como la alternancia de varones pejotistas y radicales en el gobierno asumiendo la responsabilidad de dirigir un Estado local que en el 2015 sólo fue superado por la provincia de Buenos Aires en llamados a la línea 144, de atención a las víctimas de violencia de género. Sólo el año pasado 3580 mujeres pidieron ayuda.

Son datos, “cosas que pasan”. Como que Ayelén Arroyo, de 19 años, fue asesinada el 28 de septiembre en un pueblo de Mendoza llamado Ugarteche  y que su padre Roque Humberto Arroyo es el principal sospechoso. El 14 de septiembre Ayelén lo había denunciado por abuso sexual. Tenía un bebé Ayelén. Murió a causa de los golpes en la cabeza y las heridas de arma blanca que le asestó su asesino.

“Cosas terribles que pasan”. Como que Julieta González, que tenía 21 años, desapareció el día de la primavera y  fue encontrada esta semana muerta, golpeada, atada de pies y manos en un terreno cercano a la cárcel de Almafuerte a 40 kilómetros de la capital provincial.

“Terribles cosas que pasan”. Janet Zapata de 29 años, por ejemplo, fue asesinada  el 23 de septiembre, dos días después de su desaparición. No la terminaron de matar los golpes en la cabeza, sino los dos tiros que recibió en el cuello y en el tórax, y que intentaron borrar enterrándola en tierra y cal en un descampado del departamento de Las Heras. El principal sospechoso, Claudio Quiroga, parece haber sido contratado por Damián Minati, pareja de Janet.

Por estas “cosas que pasan” el pueblo mendocino se reunió el jueves 28 de septiembre en una marcha multitudinaria de repudio y reclamo. La prensa de los Mitre -el diario La Nación– más que de la poderosa convocatoria, se ocupó de cubrir indignada los incidentes: “La movilización contra la violencia de género terminó, paradójicamente, con violencia”, publicó. Y del carácter del encuentro dijo: “La movilización fue provocada por los homicidios de las jóvenes Janet  Zapata, Julieta González y Ayelén Arroyo”.

Podríamos enojarnos, decir que ninguna de nuestras respuestas violentas es comparable a la violencia de quitarnos la vida, decir que pasivizarnos en una oración y seguir considerándonos, ya muertas, agentes de provocación de algo, es un nuevo acto de violencia. Podríamos gritar que las cosas no pasan, que hay  un Estado que las permite, un sistema que las fomenta, una justicia que las desoye, y una sociedad que educa asesinos. Que las cosas no pasan ni nosotras las provocamos. Podríamos. Pero.

El refranero popular es en general una colección de sentencias del saber conservador. Pero como en todo, a veces algo puede rescatarse. “No hay peor sordo que el que no quiere oír” dice uno y parece verdad, porque una cosa es ser sordo, otra ser necio, y otra es desoír sistemáticamente a las víctimas para buscar, en algún resquicio finito, las posibles razones del victimario. En criollo, ser un sorete. No es sólo contra todos esos sordos que hace 31 años las mujeres nos juntamos. Es también contra las propias sorderas que llevamos dentro. Este 2016 por trigésima primera vez, las mujeres de Argentina nos volvemos a oír las voces. A organizarlas. A amplificarlas para que ningún sordo tenga excusa: nos pensamos juntas. Nos queremos vivas. Nos soñamos libres.