DEL LIBRO MUJERES DE SALTA TESTIMONIOS DE VIDA

Nemesia Maita ? Encón Grande(1)

Su piel, increíblemente tersa y el brillo intenso de su mirada, desmienten los setenta y cuatro años de edad. Asegura que es feliz porque concretó todo lo que anheló en su vida.

Además de criar a cuatro hijos propios, ha criado nietos y algún que otro niño o niña dados por sus padres en crianza, según parece, costumbre en algunos sitios rurales. Sin ser conciente de ello, reitera hechos de su propia vida.

Nació en el Porvenir, camino a Rosario de Lerma, en campos de su abuela. Por falta de recursos, sus mayores, decidieron enviarla desde muy pequeña a casas de familias pudientes en la ciudad, para que allí dispusiera de comida y vestimenta.?Nos atendían como si fuéramos de la misma casa-recuerda-nos bañaban, nos vestían igual que los chicos de ellos, hemos tenido una vida hermosa?Experiencia que no volvió a repetir en casas ajenas. Sostiene que?a los seis años la señora que me tenía se fue a Buenos Aires y me quedé en otra casa, ya era muy mala la gente ahí?A la edad de ingresar a la escuela, su madre la regresó al hogar.

Narra con naturalidad que no terminó su ciclo primario por un hecho fortuito: la maestra que la hospedaba durante el año escolar, debió jubilarse. Y de niña, no más, comenzó a trabajar en tareas rurales. Cuidar los animales, ordeñar vacas acompañar a su madre o su abuela a la ciudad con las árganas repletas de choclos, zapallos, quesillos, y dulces caseros para vender, eran las tareas que realizaba con alegría y cierto orgullo.

En su inventario de niña tenía todo lo necesario para vivir: el campo, animales, carne, verdura, frangollo, maíz pelado y todo lo que se hacía en la casa. Aún ante la falta de hombres en la familia: Nemesia fue criada por mujeres.

Recuerda con respeto y cariño a su abuela ?era una mujer que trabajaba, era una mujer como si fuera un hombre?Heredó de ella, precisamente, su vigor, su temple y generosidad. Su abuela solía distribuir los frutos del trabajo y la tierra, entre arrenderos y jornaleros, con equidad salomónica.?A cada persona le daba dos hectáreas de tierra, de acuerdo a la cantidad de gente que tenían, ella mandaba el maíz al molino, carneaba y le daba a la gente para que coma,?recuerda.?Mi abuela fue de ir y negociar, de pelear, ella pagaba a la gente, a los peones que trabajaban para la cosecha??Mi abuela era española, quedó viuda, como le fue mal en el parto tuvo un solo hijo. Así que los hijos, éramos nosotros, los nietos?sostiene.

Se casó joven, desoyendo los consejos en contrario. Trabajando tierras ajenas hasta que pudo acceder a la propia(2). Y en eso de pelearle a la vida por el sustento, con la misma entereza y naturalidad con que trabajó desde niña, también lo hizo de grande. Solía ir a caballo a la ciudad a buscar ropa de los colegios privados, para lavar y planchar en su finca y la llevaba de vuelta a pie, para que no se arrugara.

El abandono de su marido cuando aún era joven, es una grieta dolorosa que aún le provoca tristeza y rabia.?Usted vive bien, no tiene problemas, de repente se derrumba todo, el hombre no reconoce todo lo que una ha ayudado?reflexiona en voz alta. Tanta rabia, tanto dolor acumuló, que rechazó su regreso algunos años después? porque ya sabía comer sola?

Sostiene que no la amedrentaron las constantes presiones de los abogados de su ex marido, quien pretendía quedarse con las tierras, ?no firmé ni con el codo.?Yo le decía que me pague lo que yo he pagado, pero quiero en tierra todo lo que he pagado como mujer legítima. Así que, ahí ha quedado y se terminaron los problemas?

Lejos de inmovilizarse, continuó luchando para alimentar a sus hijos. Trabajando la tierra, con un puesto de verduras en el Mercado o de cocinera en un restaurante No le pide a la vida más que lo que ya le dio: la tierra, sus hijos, sus nietos, sus muchos afectos. Sabe que la lucha por la subsistencia es dura, y reflexiona?hay que seguir tratando de ver hasta donde uno llega porque no se sabe todavía. Yo quisiera que todos vivamos felices, bien y, bueno, no queda otra, hay que seguir trabajando?.Nemesia irradia firmeza y ternura, felicidad y autosuficiencia. Como un modelo de mujer que construye día a día su camino para envejecer con dignidad.

Buscando un adjetivo que la describa o la contenga con justicia, algunos hablan de ella como una verdadera matriarca. Uno de sus hijos la señala como una mujer montaraz, la que a pico y hacha desmontó la espesa vegetación de la finca de Encón Grande cuando llegó para no irse. La mujer brava, madre y padre de los gauchos más renombrados de la zona .Mentora de la defensa de las tradiciones gauchas que se hacen carne en la carpa instalada en su propiedad, cuando para la fiesta patronal, los criollos vienen hasta del cerro para tocar, danzar y comer las comidas típicas elaboradas por sus prodigiosas manos. La dueña de un campo de tranqueras abiertas, que comparte amistad, mates y comida con quien se acerque o con quien lo necesite?Yo no salgo de aquí-afirma-la gente viene porque necesita algo: a pedir grasa, carne, alguna cosa del campo y les doy?y de ahí he criado varios chicos últimamente?.

A los setenta y cuatro años, continúa haciendo proyectos. Como el de construir una suerte de cobertizo para industrializar grasa de vaca o fabricar papas fritas. Nemesia quiere compartirlo todo porque piensa que cuando muera nada se llevará.?Yo les digo a mis hijos que lo que tengo es para ellos, si viene otra gente igual, lo que hay, doy. Total, cuando me muera, no me voy a llevar nada. Así es la vida, porque ¿qué va a ganar usted con mezquinar?, reflexiona.

Tiene razón .De tanto en tanto, le falta el dinero, pero le sobran afectos ¿para qué más?
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(1) Encón Grande es una localidad rural, perteneciente al municipio de Campo Quijano. Entre Encón Grande, Encón Chico, Villa Lola y La Silleta, localidades rurales vecinas y que también forman parte del mismo municipio suman entre 4000 y 5000 habitantes .En esa zona se cría ganado ovino, vacuno, se cultiva poroto, tabaco , maíz y algunos frutales.

(2) Los vecinos/as de Encón Grande, afirman que las tierras que habita y trabaja Nemesia Maita, es una de las parcelas en que se dividió un latifundio, propiedad de un poderoso terrateniente, quien habría muerto, junto a sus sirvientes, enfermo de lepra. Tal espanto, habría causado esa enfermedad, en los familiares del rico hacendado, que no se acercaron ni siquiera a heredar, por lo que estas tierras pasaron a dominios de la Ex Caja de Jubilaciones de la Provincia de Salta y, por intervención de un diputado provincial, se realizó el loteo, que le permitió a Nemesia comprar sus tierras en cuotas. Las ruinas de la casa que habría habitado el latifundista, aún pueden verse en Encón Grande.

FOTO: www.dosmilproducciones.com.ar