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Mujeres y justicia

México, 2006. El 26 de marzo Jacinta Francisco Marcial de 42 años, junto a otras mujeres mexicanas fue acusada de secuestrar a 6 agentes federales de investigación que sin uniforme ni algún tipo de orden decomisaban mercadería en un mercado de Querétaro. Jacinta, indígena otomí y analfabeta, estuvo tres años en prisión ((fue liberada el pasado 16 de setiembre).

Argentina, 2009. el 2 de febrero la madre de una adolescente de 16 años denunció que su hija había sido abusada sexualmente por 5 jóvenes. La menor había entablado una relación amistosa con uno de ellos chateando por internet. Luego de las investigaciones, la justicia caratuló la causa como delito de corrupción. Esta causa trascendió a los medios como ?El caso de la chica del chat?.

Jacinta Francisco Marcial es indígena otomí, al momento de su detención no hablaba bien el español; trabajaba en el negocio familiar de ?nieves y aguas? en el mercado; a la tarde, seis agentes federales de investigación (AFI) de civil y sin las órdenes escritas pertinentes, decomisaban mercadería supuestamente pirata; la gente reaccionó y se presentó un agente del Ministerio Público Federal con sede en San Juan del Río, Querétaro y el jefe regional de la AFI; quienes hablaron y aseguraron que los agentes se habían equivocado y repararían los destrozos. Los funcionarios no pudieron demostrar la legalidad del accionar de los agentes. Según testimonios recopilados por la defensa de Jacinta (el Centro de derechos humanos Fray Jacobo Daciano (CDH/FJD), de Querétaro, y el Centro de derechos humanos Miguel Agustín Pro Juárez (Centro Prodh)), tres horas después de los sucesos, personal de la AFI llegó al pueblo junto a policías y un reportero gráfico del diario Noticias de Querétaro quien fotografío a quienes protestaban. En una foto que se publicó en el diario apareció Jacinta y esa fue la prueba que se utilizó para ? cuatro meses después, el 3 de agosto – encarcelarla acusada de secuestro, Jacinta nunca fue notificada del hecho. En 2008 El Centro Fray Jacobo Daciano y el Centro PRODH asumieron su defensa; la sentencia que la condenaba a 21 años de prisión y a una multa de 90 mil pesos ya había sido dictada. La apelación fue un éxito, la presión de la opinión pública y de la sociedad civil logró que se realizara un careo entre Jacinta y los acusadores. Numerosas recomendaciones oficiales se emitieron a favor de Jacinta; y también se expidió la Organización Mundial contra la Tortura. Luego de tres años en prisión, Jacinta Francisco Maciel fue liberada, el 16 de setiembre de 2009 pasado.

?La chica del chat?. Una menor salteña de 16 años denunció haber sido violada por un grupo de jóvenes. La joven había tomado contacto con uno de los muchachos a través de un chat. Los jóvenes fueron detenidos; en sus primeras declaraciones sostuvieron que las relaciones sexuales fueron consentidas, pero el médico legal que revisó a la menor señaló que presentaba signos compatibles con abuso sexual. Si bien los jóvenes negaron haber tomado fotos de los hechos, posteriormente apareció una serie de fotografías de las relaciones sexuales; la defensa de los acusados sostuvo que estas fotos evidenciaban que la víctima gozaba, no que sufría. Según consta en la causa, los peritos designados para entrevistar a la menor concluyeron que tuvo comprensión del hecho pero limitado por sus restricciones cognitivas y acotado a una experiencia afectiva y sexual previa; asimismo, señalan que no estaba preparada psicológicamente para entender la magnitud de la situación aun cuando pudiera distinguir entre una relación de amistosa y una sexual. Agregaron que el mecanismo defensivo que predominó en la menor fue la negación; es decir se refugió para evitar confrontar con lo que significa sufrimiento.

La justicia es representada por una mujer con sus ojos vendados y una balanza en sus manos. La venda en los ojos ? dicen ? es para asegurar su imparcialidad, no juzgar por lo que ve, por las apariencias, para conservar el equilibrio en la administración de justicia. Hasta aquí el símbolo; pero este orden de lo simbólico instaura una complejidad de sentidos en el que la situación de las mujeres en delitos contra su integridad sexual requeriría sacarse la venda de los ojos y mirar aquello que la cultura ha impuesto como lo que no se ve, de lo que no se habla. ¿En delitos contra la integridad sexual, las mujeres somos plenamente víctimas o hay algo en nuestro pasado, presente, intención o naturaleza que incita a que nos violen? ¿Sigue vigente el mito de que toda mujer en su fantasía quiere ser violada? ¿Esperan las mujeres al macho que las domine, someta e instaure su ley de poseedor? ¿Cuando una mujer dice no, es no? ¿Estas preguntas, son sólo eso, o premisas no dichas que funcionan en nuestra cultura como coartada de la masculinidad?
Un rápido repaso por la tradición oral y la tradición escrita da cuenta de la maldad ingénita a las mujeres: cabras, mulas, demoníacas; fuentes del pecado, brujas; siempre peligrosas. Sólo como madres merecen alguna consideración, pero ya se sabe, si son madres, son esposas y no hace falta abundar sobre la maldad de las esposas. Numerosos estudios dan cuenta de la construcción de la imagen de las mujeres asentada en estos juicios y esta tradición de miles de años conformó una mirada hacia las mujeres desde el temor y desde la necesidad de someterlas para acotar su potencial dañino.

Por todo esto, la justicia no fue tal en estos casos que presentamos. Jacinta, indígena de Querétaro, fue condenada sin entender de qué se trataba; múltiples discriminaciones se cruzaron para avasallar sus derechos, Jacinta es mujer, indígena, pobre y analfabeta. Su caso no merecía un tratamiento digno y respetuoso de sus derechos humanos, sólo el accionar conjunto de diversas asociaciones logró su libertad y esclarecer la verdad. Pero no olvidemos que Jacinta estuvo tres años separada de su familia, tres años en una cárcel, tres años en que no vivió su vida como quiso, sino como le fue impuesta.

?La chica del chat? tuvo que revivir día a día lo que vivió en un edificio de Salta; vio su vida expuesta; leyó la descripción de cuántas veces había sido penetrada y de qué modos. Sus fotos fueron vistas por la justicia como presunta prueba de que había gozado. Esta chica de 16 años, soportó que – por haber tenido relaciones consentidas con quien fuera su novio – se la considerara casi una experta en sexo. A sus 16 años tendrá que reconstruir su vida pensando que en su barrio todas y todos saben que varios muchachos la penetraron y que, según la justicia, gozó por ello.

Dos casos en los que ser mujer fue un handicap, una desventaja que marca no sólo a Jacinta y a esta menor salteña, sino que nos marca a todas; porque los prejuicios son contra todas, aún contra la diferencia de que no es lo mismo ser mujer blanca, profesional y virgen.
En México la presión de diversos grupos logró la libertad de Jacinta. En Salta, organizaciones sociales de mujeres, organismos oficiales, fundaciones, la universidad; emitieron un documento que puso en el tapete la mirada patriarcal de la justicia, una mirada que de no cambiar perpetuará la injusticia.

Para entender de qué se trata esta mirada patriarcal y misógina transcribo algunos de los puntos más importantes del documento emitido en Salta en apoyo al recurso de apelación y a la defensa de la menor; las organizaciones firmantes señalan la revictimización de la mujer que sufrió un delito contra su integridad sexual, que permiten ?la perpetuación de estereotipos sexistas, tales como: ?las mujeres son las que provocan?; ?las mujeres dicen no cuando quieren decir sí?; ?cuando se relajan es porque les gusta?; ?las mujeres decentes (que están donde deben estar: en su casa) no son violadas?; ?las mujeres son mentirosas despechadas y vengativas?. Estereotipos que en los procesos judiciales se traducen en la carga de probar la ausencia de consentimiento (que ha resistido hasta el final) o que la mujer que denuncia el delito contra la integridad sexual sufrido es una ?víctima inocente? (que no ha provocado, que no ha mantenido una actitud seductora) o una ?víctima apropiada? (que ha tenido una vida ?honrada? hasta el momento del hecho)? (El subrayado es nuestro), más un dato fundamental para entender cabalmente las continuas violaciones a los derechos humanos de las mujeres ?la existencia del cuestionamiento a la propia víctima (?), ya que tras el abuso sexual siente angustia, culpa y vergüenza de no haber podido sostener los mandatos sociales sobre su sexo aún vigentes. De allí que el principal mecanismo de defensa para soportar este dolor sea la negación, que deberá ser superada para exigir lo que corresponde?.

El documento es de una gran riqueza, pues hace especial hincapié en los modos en que desde lo judicial se preserva una moralidad que trasciende a la mujer víctima y agrega, contundente: ?A la violencia del violador -valga la redundancia- que no reconoce a la víctima la entidad de persona capaz de decidir, dueña de su cuerpo y sus sentimientos, le sigue la violencia del sistema judicial que juzga a partir de estereotipos?.

Por último, recuerdan la definición de los Tribunales Internacionales Ad hoc para Yugoslavia y Ruanda, la violación sexual se incluyó como crimen de lesa humanidad y, bajo algunas condiciones, como tortura o genocidio; así, en las Reglas de procedimiento de estos tribunales, se estableció ?una utilización restrictiva de la prueba de consentimiento de la víctima como defensa y como consecuencia de ello, no se exigió la corroboración de la declaración de la víctima y se excluyó la posibilidad de realizar preguntas sobre el pasado sexual de las víctimas?. Un documento valiente y clarificador que debiera ser una guía en el actuar de la administración de la justicia.

Dos casos latinoamericanos, México y Argentina. Dos casos que rasgan los velos de la vulneración de derechos de personas por su condición de mujeres; dos casos en los que las fotos fueron elementos determinantes para establecer complicidad y/o sufrimiento o goce; más allá de la palabra de psicólogos que intentaron explicar los mecanismos de defensa y negación. Dos mujeres víctimas; dos mujeres que seguramente pensaban que se podía creer en la justicia, sin saber que aún la justicia sigue alimentándose de estereotipos sexistas que la convierten en todo lo contrario de lo que debiera ser: una garantía para la ciudadanía.

FOTO: www.diarionco.com