Mujeres migrantes no escapan del sexismo y la inequidad en EU

México DF, 4 sep 08 (CIMAC).- Cuando una mujer vive pobreza, falta de oportunidades laborales y educativas, su destino es limitado y busca la manera de no quedarse atrapada en esas rejas de marginación, por eso migra, con todos los riesgos que esto implica, incluso ser encarcelada.
Así lo señaló María Elena Jarquín, académica del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), durante el debate Realidades de la migración mexicana, que se realizó luego de la proyección del documental Mi vida dentro, de Lucía Gajá, el 27 de agosto pasado, como parte de las actividades del Programa de investigación El Mundo del Siglo XXI de dicho Centro.

Mi vida dentro es un premiado documental que describe uno de los posibles destinos de las mujeres que, obligadas por su crítica situación económica, migran a Estados Unidos en busca de trabajo y, por alguna razón, son apresadas.

Ellas, señaló Jarquín, provienen de una sociedad sexista, donde están encuadradas en roles muy asignados, tanto cultural como social e históricamente, y por ello les resulta difícil romper esquemas y abrirse camino en la búsqueda de soluciones.

Las mujeres viven la migración como un proceso distinto al de los varones, señaló. Ninguno de ellos está limpiando casas. Ningún hombre mexicano hubiera caído como Rosa, una mujer mexicana presa en una cárcel de Estados Unidos, cuya historia está en el documental de Lucía Gajá, porque el niño que cuidaba murió ahogado.

La migración, señaló Jarquín, también responde a una idea falsa de que allá su destino será mejor y podrán conseguir sus sueños. Aún tiene “prestigio”, en ese sentido, la migración, lo que es también reforzado por los medios de comunicación. Sin embargo, a pesar de que la población migrante trabaja y paga sus impuestos, nunca están integrados a la sociedad, sino que siempre son ciudadanos de segunda.

Este fenómeno, explicó, va en aumento. De acuerdo con las estadísticas, en los años 60 existían 30 mil indocumentados, para el 2000 se elevó a 360 mil y actualmente sobrepasa los 500 mil, quienes ahora provienen cada vez más de comunidades urbanas y con mayor escolaridad.

También la participación de las mujeres en este fenómeno va en aumento, y con ello aumenta también su condición de víctimas potenciales de abusos laborales, en mayor proporción que los hombres.

Y lo que ocurre allá es similar a lo que hay aquí. “Se van con la aspiración de lograr una mejor vida, pero también se quedan atrapadas en las redes de una sociedad que les asigna los mismos lugares, los estratos más bajos de la sociedad”.

DESPROTECCIÓN DEL ESTADO

Por su parte Ana María Aragonés, de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, de la UNAM, señaló que el documental “Mi vida” dentro revela la desprotección total del Estado mexicano y consideró “que se puede revertir la migración en el momento que haya un proyecto nacional de desarrollo, y no de despilfarro, con buenos empleos”.

Tratan, agregó, de tapar esta problemática porque “les va bien con las remesas” que llegan a México. Además, en Estados Unidos, necesitan más empresas y más trabajadores explotados, lo que está acorde con el nuevo patrón migratorio, que incluye a las mujeres.

Denunció que el mismo Gobierno estadounidense origina este flujo migratorio: “por un lado levantan muros fronterizos y por otro incorporan a su economía esta mano de obra”.

Aragonés cuestionó la propaganda que promocionó a Felipe Calderón como “presidente del empleo” pues casos como los que revela el documental Lucía Gajá da una perspectiva de cómo México expulsa a su mejor gente.

Ambas especialistas coincidieron además en la poca visibilidad que tienen la migración femenina, la cual aumenta en mujeres jóvenes, que viajan solas y que ya no van en busca de su esposo o pareja.

LAS MIGRANTES EN ESTADOS UNIDOS

María Elena Jarquín informó también que en Estados Unidos existen 11 millones de hogares mexicanos, de los cuales el 43 por ciento está encabezado por mujeres, una cifra mucho mayor incluso que la de México, donde 10 por ciento de los hogares están a cargo de ellas.

De estas familias, únicamente el 11 por ciento tiene la ciudadanía estadounidense, a diferencia del 47 por ciento que poseen otros grupos migrantes, resaltó Jarquín. Y esto “los coloca en una situación de desventaja, donde se les desconocen sus derechos políticos, económicos y sociales, enfrentándose a una mayor explotación en los trabajos.”

Además, resaltó la académica, los trabajos ya no están sólo en el campo, sino que están dirigidos a la prestación de servicios, como el cuidado de niñas o niños, o labores del hogar, lo cual las coloca en la escala más baja y eso trae como consecuencia el trato informal con las y los patrones, que no puedan salir de las casas, pero también, en ocasiones, les permite cuidar a sus propias hijas o hijos.

Otra desventaja para las migrantes es que, mientras las y los trabajadores estadounidenses recibe por estos trabajos aproximadamente 39 mil dólares al año, la población migrante obtiene 15 mil, explicó.

La falta de ciudadanía, porque carecen de documentos, produce también la percepción de que las y los mexicanos son potencialmente peligrosos, la sociedad los criminaliza y los ve como una competencia desleal. En casos como el de Rosa, presa, se dice que significa un gasto para Estados Unidos. Todo ello limita su integración y aspiraciones, finalizó María Elena Jarquín.