Télam

Mujeres malabaristas en una sociedad con aires atávicos

En su obra “El cuidado infantil en el siglo XXI”, Eleonor Faur analiza las asimetrías entre las nuevas constelaciones familiares -surgidas del ingreso de las mujeres al mercado laboral y la diversificación de los modelos parentales- y el persistente monopolio femenino sobre los niños, que limita las opciones para delegar su cuidado.

La madre abnegada que concentraba sus pulsiones en la atención del hogar y el cuidado full time de los hijos es cuestión del pasado: en la fusión de los ideales emancipadores de los 70 y las crisis económicas de otras décadas asoma el germen de un nuevo paradigma que equipara a la mujer con una malabarista que intenta conciliar en soledad los distintos roles derivados de un mundo desigual.

“A pesar de tantas transformaciones sociales, está todavía instalada la idea de que las mujeres son responsables del cuidado de los niños -explica Faur a Télam-. Es una idea que circula tanto entre mujeres como hombres y tiene correlato en las políticas públicas desde hace más de un siglo”.

“Hoy hace falta una comprensión integral de la problemática del cuidado como un eje central del bienestar humano. Esta instancia siempre fue una actividad exclusiva de las amas de casa de tiempo completo, por lo cual el Estado hacía otro tipo de políticas donde rara vez incorporaba la cuestión del cuidado como eje”, señala.

Faur, doctora en Ciencias Sociales por Flacso, ha dedicado el grueso de sus investigaciones a documentar las mutaciones en las relaciones de género y la dinámica del cuidado infantil en distintos trabajos que se condensan en el ensayo recién publicado por Siglo XXI editores.

“El cuidado infantil en el siglo XXI” registra el ocaso del contrato social que durante siglos postuló el modelo hombre proveedor-mujer ama de casa tiempo completo como disparador de la organización social y plantea la urgencia de repensar la naturalización del maternalismo, que fosiliza a la mujer como la “cuidadora ideal” para los hijos.

“Esa imagen familiar del varón proveedor, mujer ama de casa y dos niñitos no coincide con la mayoría de las configuraciones familiares. Hoy se dan muchas familias con jefaturas femeninas y hogares de parejas homosexuales, por lo cual ese modelo único, idealizado y con la carga moral de pensar que es el mejor posible hace agua por todos lados”, analiza Faur.

“Pero para que esas nuevas configuraciones tengan la posibilidad de acceder a cuidados de calidad fuera de la esfera del hogar hace falta que las políticas públicas reformulen la concepción del modelo de familia que están sosteniendo”, acota.

¿En qué medida la posibilidad de una mayor intervención pública está atada a la reconfiguración del paradigma matrimonial? “Es un punto central. La regulación mantiene hoy un sesgo de género porque hoy las licencias son mucho más extendidas para las mujeres que para los hombres. Eso marca también las configuraciones sobre la masculinidad que las políticas sociales sostienen”, señala.

El retrato de Faur conjuga apuntes sobre la persistencia del monopolio femenino en el cuidado infantil con el relato de una metamorfosis íntima que horada la tradicional estampa del padre alejado de las tareas escolares y las citas con el pediatra.

“Las relaciones de género se han transformado y hay una mayor concepción del valor que tiene el acercamiento de un padre en la crianza, en los afectos y en los juegos -resume-. El trabajo pendiente es equiparar esas cargas dado que es justo, equitativo e igualitario pensar que hombres y mujeres son correponsables de la crianza de sus hijos”.

“A su vez, las licencias siguen siendo cortas para los cuidados que requieren los recién nacidos. A los tres meses es difícil que un bebé se pueda sostener en forma autónoma -enumera-. Todo esto hace que las mujeres malabaristas se hayan consolidado como un nuevo sujeto social que aparece naturalizado como práctica de relaciones sociales de género”.

En paralelo a las desigualdades de sexo, Faur detecta una disparidad social que polariza las maneras de organizar el cuidado infantil: “Las mujeres de clase media tienen mayores oportunidades de `desmaternalizar` el cuidado infantil mientras que las mujeres de sectores populares están más confinadas a la esfera doméstica”.

La condición de pobreza recorta la posibilidad de acceder a mejores opciones laborales para sostener el hogar pero también dificulta la armonización entre familia y trabajo, que se vuelve insostenible.

“Esta dificultad para conciliar responsabilidades familiares y laborales hace que las mujeres de sectores populares hagan un  cálculo pragmático de cuánto ganarían si salen a trabajar y deben pagar a alguien para que cuide de su hijos. Muchas terminan desalentadas de ingresar al mercado de trabajo porque no les cierra la cuenta”, precisa la autora.

Faur, que realizó en intenso trabajo de campo en los barrios de La Boca y Barrufaldi (en el partido de San Miguel), sostiene la necesidad de igualar las prestaciones y proveer servicios de igual calidad para todos los sectores económicos.

En su obra, la autora retoma una vieja tensión entre cuidar y educar, protagonistas de una dicotomía que se remonta a fines del siglo XIX, cuando se instalan en América Latina los primeros jardines de infantes, imbuidos de una pretensión pedagógica que pondrá en la vereda opuesta a otros espacios paralelos, concebidos para contener a los niños pobres o huérfanos.

“A partir de entonces se construyó una fisura entre lo que eran los espacios pedagógicos y los espacios asistenciales. La vieja dicotomía aparece resignificada en el siglo XXI con las crisis que en los 80 y los 90 atravesó la sociedad argentina, que empujaron a las mujeres (incluso las más pobres) a trabajar”, indica.

“Eso generó el surgimiento de jardines comunitarios donde el cuidado quedaba a cargo de las llamadas madres cuidadoras, es decir, vecinas del barrio que se quedaban con los chicos de una comunidad mientras las madres salían a trabajar”.

Faur concluye en la falsedad de la dicotomía entre cuidar y educar: “en los jardines de infantes se educa pero también se cuida. Por qué no pensar que el cuidado es una forma de pedagogía, basada en la construcción de lazo social”.

“Hay que revisar esta dicotomía para que los diferentes sectores puedan aprender de las modalidades que se han desarrollado en cada uno, porque el riesgo es que al institucionalizar diferentes formatos para el cuidado de niños se reproduzcan, sin quererlo, algunos aspectos de la desigualdad social”, indica Faur.