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Malala Yousafzai: el derecho de la mujer a la educación

Malala Yousafzai nació en 1997 en Paquistán. Entre 2003 y 2009 los talibanes cerraron las escuelas privadas y prohibieron la educación de las niñas en el valle del río Swat, donde vivía con su familia. En 2012 -cuando Malala tenía apenas 15 años- detuvieron el ómnibus escoltado en el que iba, abrieron fuego y la hirieron. Dos años después, en octubre se convirtió en la persona más joven galardonada con el Premio Nobel de la Paz, que compartió con el activista indio Kaliash Satyarthi.

Activista y bloguera, tuvo desde chica soporte familiar como para creer que ella y el resto de las mujeres paquistaníes tenían derecho a educarse. Eso fue lo que rápidamente la puso en la mira de los talibanes. Se entiende: en ese tipo de régimen, se pretende destruir los símbolos. Las autoridades ignoran que las ideas crecen con más fuerza cuando se busca hacer desaparecer el símbolo. Sucedió, entre otros, con Martin Luther King, cuyo mensaje se multiplicó tras su asesinato en Memphis, en 1968.

Lo mismo ocurrió tras el atentado de Malala. Cuando empezó a escribir su blog -al principio firmó con seudónimo-, no imaginó que le iban a pegar un tiro. Presa de ese romanticismo adolescente que hace que los jóvenes crean que todo lo pueden, que todo lo saben y que el mundo les pertenece, no estaba en sus planes ser víctima de la violencia física. Pero la realidad -durísima- se interpuso en su camino. Se salvó milagrosamente, gracias a la labor de los médicos y a su propia capacidad para luchar por la vida.

Ante la violencia, las opciones suelen ser dos: convertirse en víctima, brindar testimonio y metabolizar el pasado; o intentar construir la verdad histórica trabajando con perspectiva para modificar la realidad. Ese segundo camino, arduo y meandroso, fue el que eligió Malala desde muy chiquita.

Es impactante que a una edad tan temprana tuviese esa capacidad. Y es curioso porque su voluntad la mueve a insistir aunque todavía está faltando que avance la investigación y se castigue a quienes la atacaron. El castigo es lo que permite cerrar la herida de acuerdo con la ley y dejando atrás cualquier sed de venganza. Pero Malala no habla de venganzas. Tal vez porque tiene buen apoyo familiar, porque pudo hacer ese trabajo de avance, de distanciarse del testimonio y evitar quedar atemorizada y anclada en el pasado.

Madura y serena, cuando durante las entrevistas le preguntan cómo cree que deberían resolverse esa clase de problemas, dice: “La mejor forma de luchar contra la guerra es a través del diálogo”. Y frente a la idea del castigo de quienes intentaron matarla, advierte que ése no es su trabajo. “Yo voy a seguir denunciando y trabajando para que otras niñas no sean invisibles; el resto es tarea de los políticos”, dice.

El Premio Nobel que la distinguió pone en primerísimo plano un tema central para todos: con la decisión de otorgárselo a ella, se revaloriza la escolarización como motor del desarrollo pacífico. Menuda posición en un mundo en el que todavía hay 60 millones de niños y niñas fuera de las aulas.