Luciana Boiteux, abogada, doctora en Derecho, profesora de Criminología de la Universidad Federal de Rio de Janeiro y referente feminista del PSOL en la ciudad de Rio de Janeiro.

“Los jueces no se piensan como garantes de libertad, sino como agentes de seguridad pública”

Segunda parte de una entrevista con Luciana Boiteux, abogada, doctora en Derecho, profesora de Criminología de la Universidad Federal de Rio de Janeiro y referente feminista del PSOL en la ciudad de Rio de Janeiro. La responsabilidad del Poder Judicial en el incremento de las encarcelaciones de mujeres y el papel del discurso punitivo de los medios de comunicación.

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Respecto del crecimiento de las tasas de mujeres encarceladas en América Latina, ¿cuál es la responsabilidad del Poder Judicial en esa configuración?

– Mi evaluación aquí en Brasil es que el Poder Judicial es el causante de esta situación general de encarcelamiento y específicamente en el caso de las mujeres. Es importante distinguir dos factores: el discurso punitivo, la cultura punitiva muy fuerte que está en las leyes, en la política, en el debate público y que llega al poder judicial por el tipo de formación jurídica; y el tipo de selección que se realiza en los concursos, desde una perspectiva de positivismo jurídico y una mirada nada crítica.

Los jueces no se ven a sí mismos como garantes de libertades, sino como agentes de seguridad pública. Hay un moralismo muy fuerte. Son influenciados y tutelados por los medios de comunicación. Especialmente en el caso del Supremo Tribunal Federal con la TV Justiça que transmite los juicios, el papel de los jueces cobra otra dimensión, se sienten interpelados a dar una solución a los reclamos de seguridad pública que, en su interpretación, pasa por el derecho penal.

En relación a las mujeres, esa visión punitiva y moralista se fortalece además con una lógica patriarcal. Se superponen, aumenta la intensidad de ese discurso punitivo. Si un hombre que comete un delito es mal visto y considerado un ser que debe ser reprimido, neutralizado o castigado por violar una norma; si se trata de una mujer, incluso en casos de pequeños delitos contra la propiedad, además de la lógica punitiva general por haber delinquido, también se aplicará una lógica de castigo por ser una mujer que osó romper con el estereotipo de “bella, recatada y del hogar”, de la mujer dulce, obediente, que sabe cual es su papel en la sociedad, es una mujer además quebró una ley hecha por hombres.

Hago esta lectura de que se trata de mujeres que quiebran una ley elaborada por hombres. En el caso de la criminalización del aborto esto es muy claro, pero en el caso del tráfico de drogas -que es el delito que más mujeres encarcela- existe un discurso de seguridad pública muy fuerte que identifica que esa mujer constituye un peligro para la seguridad.

En tus presentaciones referís a la importancia de construir un pensamiento abolicionista penal feminista, ¿cuáles serían las características de esta propuesta?

– Creo que el desafío de esta construcción no está principalmente en la teoría, en cómo conciliar en la teoría el feminismo con el abolicionismo penal. Para mí esta búsqueda de los sentidos, de la coherencia, que es tan típica de la academia, no es el factor principal en este proceso. Creo que, por cómo pienso que deben hacerse las construcciones y las transformaciones, ese factor es el diálogo en la base con las mujeres, con los movimientos sociales. Estoy mucho más preocupada en cómo dialogar con las compañeras feministas que con los académicos que me observan y me rotulan. Defiendo que este proceso pasa por la formación, los debates y los diálogos entre las mujeres especialmente.

Es un debate que tiene que ser hecho en los medios de comunicación, por medio de una ampliación de la reflexión para disputar el sentido común, para desmitificarlo y aportar datos de forma relevante. Creo en el potencial transformador del feminismo y por eso me siento mucho más cercana en un sentido estratégico a las mujeres para avanzar en la transformación política de la sociedad, por comprender que no es posible sólo combatir el patriarcado sin combatir el capitalismo, o combatir el capitalismo sin combatir el racismo u otras opresiones. Es una lucha que tiene que estar umbilicalmente coligada y en ese sentido el feminismo interseccional viene trabajando con mucha propiedad, con mucha lucha.

– ¿Cuáles serían los primeros pasos a dar en ese sentido?

– Creo que el objetivo prioritario es que las mujeres ocupen espacio en la política, porque es en la política institucional que van a darse parte de esas transformaciones. Es un camino estratégico, el camino de la ampliación de la democracia. Como acostumbro decir “no nos culpen por las leyes punitivas que no fuimos nosotras que las elaboramos”.

Si tuviéramos la misma representatividad que los hombres en el Parlamento tengo la seguridad de que no tendríamos un derecho penal como éste, una lógica punitiva como ésta, porque la propia construcción política feminista actual es una nueva política enfocada en la cuestión de los afectos y de los lazos en las construcciones colectivas. Creo que es un campo muy propicio para generar una transformación mucho más profunda y que tenemos grandes contribuciones para hacer en esa perspectiva.

También pienso que tenemos mucho que aprender las unas con las otras en una perspectiva latinoamericana, fortaleciendo lazos y tomando ejemplos muy importantes de luchas de las mujeres, de lecturas y movimientos que hoy atraviesan fronteras como es el caso de “Ni Una Menos”.  Creo que tenemos mucho que construir por el proceso colonial, de racismo y machismo, también en relación al sistema penal, donde encontramos resultados muy semejantes que sería importante analizar conjuntamente.