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LAS MUJERES Y EL BICENTENARIO

Las mujeres en la historia política: un balance frente al Bicentenario

Los doscientos años de vida independiente obligan a balances que
solicitan desautorizar gestos de complacencia con nuestro pasado.
Nuestro país vivió toda suerte de conflictos armados para arribar
a la institucionalidad republicana y cuando ésta fue alcanzada,
continuaron las tensiones crispadas, muy a menudo violentas. Es
un lugar común que nuestro siglo XX fue pródigo en
manifestaciones no democráticas y que sucumbió varias veces el
Estado de derecho. En verdad fue el ?estado de excepción? -al
decir de Giorgio Agamben- la regla común de la mayor parte de
nuestra existencia como Nación, circunstancia que culminó con
la experiencia brutal del terrorismo representado por el propio
Estado entre 1976 y 1983. No fuimos precisamente la promesa
redentora de la modernidad secular que se abría paso con el
proyecto de la más completa soberanía de los individuos, y mucho
menos puede constatarse que ese proyecto alcanzara a la población
femenina. La historiografía de las mujeres ha puesto en evidencia
las asimetrías de reconocimiento social y de derechos debidas a
la diferencia sexual; y a la hora de conmemorar el Bicentenario
conviene comenzar por esa circunstancia clave, la dominación patriarcal, una expresión también violenta de nuestros modos vinculares.

Me ocuparé especialmente de la participación en la vida pública
que cupo a las mujeres en diferentes momentos de los siglos XIX y
XX, para arribar luego a nuestros días en los que se observan
cambios notables en la condición femenina y por lo tanto en las
relaciones de género. Sin embargo, me propongo señalar que más
allá de las transformaciones que han llevado a que por primera vez
se haya consagrado Presidenta a una mujer en nuestro país – puesto
que en el lapso 1974-1976 una mujer sólo sustituyó a un varón
presidente a raíz de su muerte -, persisten límites al reconocimiento
del sujeto político femenino. Enfrentamos el Bicentenario con
muchas asignaturas pendientes en materia de derechos para las
mujeres que constituyen la mayoría de la población en condiciones
de participar en contiendas electorales.

Mujeres y acción pública en los siglos XIX y XX

Nada más alejado de lo verdadero que la idea de mujeres
encerradas en el dominio doméstico aunque ese fuera el mandato
canónico exigido a la condición femenina. Aunque el orden patriarcal
fuera severo en materia de división de esferas ? es muy conocida
la conformación de lo público y lo privado desde fines del XVIII ?, y
reservara para la condición femenina los atributos de la reproducción
y el cuidado del marido y de la prole ? la imagen de ?ángel del
hogar? sintetiza toda una época -, las mujeres no faltaron en el
orden público. He sostenido en otro lugar1 que durante el periodo
de la revolución y de la guerra interna que se alastró por décadas, les cupo muy diversas maneras de actuación y no pocas veces esto
ocurrió en paridad con los varones, aunque no se les reconociera.

Algunos escenarios deben volver a evocarse para reponer la imagen
de mujeres con enorme capacidad de acción política. Los salones y
las tertulias de inicios del XIX son ambientes en los que discurren
quienes alientan la subversión al régimen colonial, en donde se cavila
sobre los modos de acción y se especula en torno de las
oportunidades para quebrar el orden de las cosas. Pero salones y
tertulias fueron, sobre todo, disposiciones femeninas, tal como una
larga tradición europea lo había evidenciado, y aunque no faltaron
varones en el sostenimiento de estos espacios tan significativos
para urdir tramas de poder, no hay dudas de que fueron reveladores
de incumbencias femeninas. Las letradas del Río de la Plata resultaron
auspiciantes de la mayoría de estas instituciones de sociabilidad
política, y podemos echar un vistazo a los salones en los que
reverberaron los sentimientos a favor de la autonomía y donde
asomaba la noción de ?patria?, aunque todavía sin los acuñamientos
que se le asignarán más tarde. Anita Périchon de Vandeuil (La
Perichona) ? la francesa separada del inglés O´Gorman que con 21
años escandalizaba por sus relaciones con Santiago de Liniers -,
Mariquita Sánchez de Thompson, Ana Riglos, Flora Azcuénaga,
constituyen nombres asociados a la causa de la liberación americana
a través de sus oficios como regidoras de salones. No puede decirse
que fueran meras interlocutoras de los varones rebeldes, sino
partícipes necesarias de las iniciativas que se plasmaron en 1810.
Ciertamente el nombre que más ha perdurado es el de Mariquita
porque su acción pública no tuvo declinación a lo largo de su vida:
revolucionaria, beneficente tras las decisiones de Rivadavia,
enfrentada a Rosas, resultó una referencia para los disidentes en
Montevideo y a su regreso definitivo presidió y reorganizó la
Sociedad de Beneficencia. Discutió luego con el propio Sarmiento acerca de ciertas concepciones sobre la educación. Mariquita fue
sobre todo una agente permanente de la política. Su vida privada
fue bastante excepcional para las mujeres de su clase y discurrió
con los moldes morales de la época desautorizando las nociones
que impedían la libertad sexual de las mujeres.

La guerra revolucionaria mostró un enorme número de
participantes directas, a las que deben sumarse las incontables
mujeres que realizaron tareas logísticas sin las cuales no hubiera
sido posible mantener el conflicto libertador, y las que replegadas
en sus hogares llevaron adelante los laboreos imprescindibles para
la sobrevivencia, atendieron negocios y gestionaron la hacienda
hogareña. Entre las guerreras la Historia ha dado un lugar a la notable
a Juana Azurduy, compañera del comandante Manuel Asensio Padilla.
Los relatos sobre su valor e intrepidez son numerosos, y Juana se
encuentra entre las primeras mujeres armadas recuperadas por la
disciplina histórica. Basta volver sobre la evocación realizada por
uno de los ?padres de la historiografía argentina?, D. Vicente Fidel
López quien narraba con detalles su decisiva participación
reconstruyendo la saga de los días 10 y 11 de febrero de 1816. Vale
la pena demorarme en la cita2:

?Lo que más llamaba la atención a los realistas era una mujer de gallardo ademán, a la distancia, que montaba un caballo brioso. Recorría las calles armada con espada, con pistoleras y cubierta la cabeza con un gorro rojo. Envuelto en un chal celeste del hombro a la cintura y parecía jefe de las turbas invasoras que la seguían con un entusiasmo atronador y con un brío que desafiaba la muerte, hasta la inmediación de los cañones. Presentándose unas veces ya por una calle, ya por otra impartía órdenes que eran al punto obedecidas. El ataque duró todo el día 10 y todo el día 11. Por la tarde aquella extraña amazona se puso a la cabeza de una embestida nueva y formidable contra las trincheras, como si se tratase de un esfuerzo supremo y definitivo. Al principio los soldados realistas habían tenido escrúpulos de hacer puntería sobre tan arrogante mujer que ponía con tal arrojo a ponerse en la boca de los fusiles. Dentro y fuera se oía llamarla a veces Doña Juana. Los oficiales mismos habían tenido la galantería de recomendar que se guardase aquel miramiento. Pero, cansados al fin de los actos de audacia que ella cometía, y viendo que su presencia era el mayor peligro del caso, por el empuje animoso que inspiraba a los asaltantes, el coronel D. Pedro de Herrera tomó un fusil y comenzó a hacerle algunos tiros. Rayaba ya el crepúsculo de la noche cuando se la vio caer, siendo derribado también el caballo que montaba?3

Y prosigue el relato de Vicente Fidel López:

En el momento la rodearon sus partidarios y entre gritos que ya parecían lamentos, ya felicitaciones de júbilo, sacaron su cuerpo del lugar del peligro, cesado el combate en todos los alrededores de la plaza. Esa extraña guerrera era, en efecto, Juana Azurduy de Padilla,
la consorte misma del caudillo; señora de un trato y de una educación nada común y especie de Semíramis en las comarcas fronterizas del Chaco. Estaba acostumbrada a gobernar los intereses de su marido, a dirigir los negocios de todas aquellas reducciones; y era venerada como una providencia o genio superior entre todas aquellas gentes, por su beneficencia y por la solicitud con que se ocupaba de sus intereses. Tan cabal era la repartición que ella hacía de su amor entre su marido y la patria, que muchos creían que amaba a la patria por seguir las pasiones de su marido, mientras que muchos otros aseguraban que lo que más amaba en su marido era su grande patriotismo?4

Es bien sabido que la bala no alcanzó a Juana, que apenas su caballo
sucumbió y que la fragorosa amazona prosiguió en combates hasta
que quedó asegurada la retirada realista. La pregunta que nos
formulamos es cuántas Juanas combatieron incorporadas a las
soldadescas que enfrentaron a las tropas realistas? Se sabe acerca
de la presencia de mujeres muy valerosas en el ejército del
Norte, como la célebre parda apodada la ?tía María?, o la destacada
María Remedios del Valle, de piel negra quien combatió con toda su
familia y perdió marido e hijos, pero nos debemos muchos esfuerzos
para construir la ancha galería de las mujeres que fungieron como
soldadas en las tropas revolucionarias. María Remedios llegó al grado
de capitana aunque hasta su vejez debió luchar para que se le
reconocieran los servicios prestados y se la ayudara a sobrevivir.

Un párrafo aparte merece Magdalena Güemes de Tejada. Sus tributos a
la vida independiente fueron notables y es bien conocido el hecho de
que su opinión fue decisiva para orientar a su hermano, el célebre
Martín Miguel de Güemes quien confiaba en la inteligencia, en la
sagacidad y en el tino político de Macacha. Se ha dicho que en la
encrucijada de 1815 fue su influencia la que se impuso para arribar al
pacto de Los Cerrillos, con el que concluyó una de las dolorosas páginas
de desencuentro patriota. Su sabiduría y determinación autónoma –
piénsese que estaba casa con el realista Tejada -, la sensibilidad política
que dirigía sus actos, llevaron a que alguna historiografía la denominara
la ?ministra sin cartera?. A la muerte de su hermano siguió actuando
con energía y estuvo en el grupo de las mujeres levantiscas que originó
la ?Revolución de las Mujeres? y que puso al frente de la gobernación
salteña a José Ignacio de Gorriti – el padre de la notable escritora
Manuela? a inicios de la década de 1820.

La política partidaria, en diferentes momentos del XIX, contó con
mujeres aunque los modos de relevantes de la política transcurrieran
a menudo en el orden doméstico. Una destacada investigadora
norteamericana muestra que los dos grandes partidos el Demócrata
y el Republicano, tuvieron sus odres inaugurales en hogares en los
que se hacía sentir la influencia de matronas preocupadas por la
cosa pública, tanto como sus maridos.

Todas las mujeres en torno de Juan Manuel de Rosas tuvieron
opinión y algunas, decidida influencia sobre esta figura. Piénsese en
el papel jugado por Da. Encarnación Escurra y por su hermana
Josefa, la primera indicando rumbos a la acción de su marido y
retándolo a nuevos desafíos, y la segunda organizando a los sectores
populares adictos al Restaurador. De la misma manera, en la vereda
de enfrente hubo mujeres como la ya introducida Manuelita o Eulalia
Ares que respondía a las fuerzas unitarias en Catamarca, y durante
el periodo de la organización nacional los colores partidarios – y las
crueles disonancias-, no se caracterizaron precisamente por
prescindir de las mujeres. La Revolución de 1890 vio la actuación
de Eufrasia Cabral y de Elvira Rawson y seguramente contó con
una opinión femenina favorable especialmente en el área capitalina.
Por alguna razón Luis Mohr5 situó en una figura femenina las expectativas de regeneración de la política, cifró en las impresiones
de una mujer los anhelos de decentización de la República. Las
escenas de las movilizaciones públicas en plazas y otros lugares al
aire libre no exhibieron sólo siluetas masculinas; la acción colectiva
se nutrió generosamente de mujeres que impugnaban el orden y
reclamaban con los mismos bríos de los varones.

Sin duda le siglo XX ofrece un panorama mucho más amplio
y por cierto más complejo en lo que se refiere a la participación
femenina en la esfera pública y sobre todo, en la vida política. Las
mujeres de la elite, respondiendo a la expectativa de las ?bondades
naturales del sexo?, tuvieron decisiva participación en el control de
los organismos asistenciales y entre estos sobresale la Sociedad de
Beneficencia. Iniciada en la época de Bernardino Rivadavia, la Sociedad
ocupó un lugar destacado desde las últimas décadas del XIX y esto
significó prerrogativas para quienes integraban sus cuadros de
dirección, pero también fue una fuente de conflicto debido a las
nuevas sensibilidades masculinas en torno de la racionalidad del
estado. Aunque no fueron las mujeres quienes presidieron el
Patronato de la Infancia, la entidad tuvo una comisión femenina a
quien se debe la organización de la Sección Femenil ? a veces
denominada ?feminista? ? de la Exposición Nacional de 1898. Fue
en esa oportunidad que Ernesto Quesada ensayó una de las primeras
elucubraciones interpretativas sobre el concepto ?feminismo? que
se había extendido en Europa y que ingresaba precozmente en
nuestro medio.

En un andarivel contrapuesto a la acción caritativa, asomó la
presencia femenina en la nueva fuerza política que surgía en una sociedad en la que se instalaban los signos de la modernidad, pero que no podía ocultar los atributos escasamente republicanos del sistema político.

Me refiero al socialismo y a su abogacía por las reformas políticas y
sociales. Por otra parte en los primeros años del siglo fermentan las
acciones directas protagonizadas por el incipiente proletariado, y estallan las huelgas con muchas adherentes femeninas. Fue singular la
convocatoria que el socialismo hizo a las mujeres una vez que habían
sido las fuerzas socialdemócratas europeas las que habían bregado por
sus derechos, especialmente el sufragio. El socialismo reunió a un
conjunto expresivo de mujeres, en su mayoría letradas ? una buena
parte de las primeras universitarias simpatizó con sus ideas -, que
adoptaron también la identidad feminista. En los albores de nuestro
feminismo se encuentran alineadas pues las socialistas, o quienes estaban próximas a los ideales socialistas de reforma como las denominadas ?librepensadoras? que luchan por la secularización de las instituciones públicas junto con los derechos femeninos. No pueden dejar de mencionarse los nombres de Alicia Moreau, Maria Abella Ramírez, Julieta Lanteri ? que hasta fundó un Partido Feminista en los años 1920 – Carolina Muzzilli, Raquel Camaño, Justa Burgos Meyer. Desde luego, el movimiento feminista fue nutrido por otras corrientes de pensamiento ? basta pensar en dos mujeres independientes y notables como Cecilia Grierson, nuestra primera médica, y en la ya citada Elvira Rawson de Dellepiane, también egresada de Medicina.

La lucha por los derechos femeninos tenía una clave fundamental
en la necesidad de derogar la normativa impuesta por el Código
Civil sancionada en 1869 que interiorizado a las mujeres, y es
menester demorarme en esta circunstancia. Inspirado en el Código
Napoleónico de 1804, y recogiendo una orientación reforzadora
del orden patriarcal que se había hecho presente en la codificación
prusiana, nuestro Código, cuya redacción se debe a Dalmacio Vélez
Sarsfield, determinó el sujetamiento de la mujer casada al cónyuge.
Las casadas no podían educarse, trabajar, ejercer el comercio, sin consentimiento del marido, y tampoco podían administrar sus
bienes propios. El código expresaba el sentimiento patriarcal
generalizado acerca de la minusvalía femenina, que argumentaba
sobre la debilidad congénita de las mujeres y hasta sobre su falta
de inteligencia. Algunos sectores progresistas pensaban que no
podían acceder a la ciudadanía porque no sabrían votar de modo
independiente, aseguraban que sus elecciones políticas estarían
influenciadas por los varones conservadores que las rodeaban. Ni
los conservadores – devotos de los principios de las exclusivas
responsabilidades domésticas de las mujeres,- ni muchos
progresistas, admitían que las mujeres fueran individuos con los
mismos derechos que los varones.

Fue el feminismo entonces la fuerza social que reclamó por
los derechos igualitarios con los varones, demandó la equivalencia
jurídica de los sujetos masculinos y femeninos y solicitó el estado
de ciudadanía del que habían sido privadas las mujeres. A propósito
del Centenario se desarrolló el bien conocido Congreso Femenino
que reunió en 1910 a un gran número de adherentes feministas
que proclamó la igualdad jurídica de los sexos y reclamó el derecho
al voto junto con diversas medidas destinadas a proteger a las
trabajadoras y a su prole. Durante los años 1920 el feminismo cobró
especial impulso y en 1926 consiguió la primera modificación del
Código Civil ? ya no hubo que pedir permiso al marido para educarse
o trabajar -, y también dio un gran paso cuando se accedió a que
se debatiera el sufragio en 1932. La Cámara de Diputados votó
positivamente la iniciativa ? desde 1919 había proyectos relativos
al sufragio femenino- pero el Senado ni siquiera trató la cuestión.

Entre mediados de la década 1930 e inicios de los años ´40 la
acción pública de las mujeres inscriptas en los sectores liberales y
de izquierda estuvo dedicada a la lucha antifascista, y una prueba de esa circunstancia fueron los nucleamientos femeninos para ayudar
a las víctimas de los totalitarismos de derecha que se habían
expandido en Europa. Uno de esos agrupamientos de carácter
nacional fue la Junta de la Victoria que se afincó en diversos lugares
del país, hasta que el golpe de 1943 clausuró sus actividades.

Las crecientes tensiones en el campo social y político
condujeron, como es bien sabido a una transformación notable de
nuestro país con el advenimiento de una nueva fuerza encabezada
por el entonces Coronel Juan D. Perón. No puede hesitarse acerca
del significado crucial del peronismo, con consecuencias todavía
hasta el presente. La reforma social llevada a cabo por el peronismo,
la magnitud de la distribución del ingreso a la que se asistió, no
pueden interpretarse cabalmente si se prescinde de la figura de Eva
Perón. Ejerciendo un liderazgo que emanaba centralmente del
carisma de su marido, resultó un ariete decisivo para la
profundización de los derechos sociales. Un libro reciente muestra
el significado de su intervención con relación a las mujeres de los
sectores populares6. Me interesa señalar el papel fundamental de
Eva Perón para forjar la masiva participación femenina en el
sostenimiento del régimen. En 1947 el peronismo consagró el
sufragio femenino, aunque no hubo un franco reconocimiento de la
larga saga de las feministas, y a partir de entonces Evita desarrolló
una acción contundente que formalizó la creación de la Rama
Femenina y con ella la movilización de millares de mujeres que se
lanzaron a acciones partidarias. En 1951 pudo observarse la magnitud
del voto femenino favorable al peronismo, y las primeras mujeres
llegaron a ocupar escaños en el Congreso Nacional y en las Legislaturas
provinciales en una proporción cercana al 30%. Este acontecimiento colocó a la Argentina en un lugar excepcional porque la mayoría de
los países occidentales estaba muy lejos de estas cuotas de
participación. Debe decirse que debido a los severos enfrentamientos
con el régimen, una fuerza como la Unión Cívica Radical, abdicó de la
presentación de mujeres en las candidaturas.

Se debe al peronismo no sólo las intervenciones a favor de las
mayorías, sino reformas civiles notables como la del divorcio vincular
(1954) ? con enorme impacto en la vida de las mujeres ? y la
legitimación de los hijos extramatrimoniales, aboliendo así las odiosas
categorías que diferenciaban a la descendencia no legítima. Un
balance sobre la actuación de Eva Perón ? figura de atributos
inagotables – me lleva a insistir en lo que he sostenido: ?(?)El
liderazgo de Perón era regente y dominante, y nada puede discutirse
sobre esta cuestión, pero los sentimientos de millares de varones
identificados con su figura, veneraban tal vez con más exaltación la
figura de Evita, la hallaban superior, y aunque hubiera mucho del
estilo reverencial rendido a la madre, no puede dejar de pensarse
en que esos sentimientos se tributaban a un sujeto político
encarnado en un ser femenino, una inflexión en el extenso imaginario
que discriminaba a las mujeres?7. También he dicho que ?los discursos
de Eva Perón redundaron en un lenguaje que llamaba a las mujeres
a una completa identificación con Perón, a comprometerse por
entero con el régimen ocupando diversos ?puestos de lucha? ?
como acostumbraba expresar con tono épico- , pero al mismo
tiempo, su lenguaje contenía notas clásicas acerca de la condición
femenina que subrayaban su decisivo papel en el hogar, en la crianza
de los hijos. Este contrapunto entre las obligaciones públicas y
domésticas de las mujeres, y el alejamiento de cualquier presupuesto
liberador feminista, fue constante en su retórica. Pero su impulso fue decisivo para aumentar de modo notable la participación de las
seguidoras del régimen en la arena política?.

Si las mujeres y no sólo de las clases subalternas se identificaron
con el peronismo, no es posible olvidar a las antiperonistas de muy
diversa coloración política. En la vereda de enfrente estaban las
socialistas – entre las que Alicia Moreau de Justo siguió siendo una
figura central-, las comunistas que exhibieron a mujeres destacadas
como Fanny Edelman y Alcira de la Peña ? propuesta como
Vicepresidenta -, las radicales que contaron con una feminista
singular, Clotilde Sabatini ? la hija de gran dirigente cordobés,
Amadeo Sabatini, y que más tarde llegó a ocupar el primer cargo
público destacado durante el gobierno de Arturo Frondizi, ya que
fue Presidenta del Consejo Nacional de Educación.

El golpe de estado de 1955 marcó un hito en materia de
desencuentros entre la sociedad y el sistema democrático. La
proscripción del peronismo resulta clave para interpretar la
desertización de vida democrática que padecimos y los vínculos
de esa circunstancia con la radicalidad política que tomó cuerpo
en las décadas 1960 y 1970. Las utopías de esos años
convulsionaron a nuestra sociedad y la represión ingresó al espiral
que condujo a imponer con golpe militar de 1976, la más sangrienta
dictadura de la que tengamos memoria, con miles y miles de
personas desaparecidas y la apropiación de cientos de niños y
niñas nacidas durante el cautiverio de sus madres, o arrebatadas
en los operativos de las fuerzas de seguridad. Los horrores de ese
pasado, que todavía lame nuestros pies, alcanzó a una enorme
proporción de mujeres ? en el ?Nunca Más? se da cuenta de al
menos 30% de desaparecidas-, y en otro lugar he señalado las
reforzadas dosis de padecimiento de las militantes que cayeron
en los chupaderos de la represión ilegal: ?Sin duda, hay una diferencia de género en los atributos de los que se invistió el
horror del terrorismo de Estado: las violaciones, las condiciones
del parto y el secuestro de los recién nacidos, aumentaron la
victimación de las mujeres (?) No sostengo, absolutamente, que
las mujeres sufrieran más que los varones, sino que le fueron
infligidos repertorios más amplios de suplicio, hubo más alternativas
para el sufrimiento?.

Pero la noche oscura de la dictadura exhibe también la luminosa
estela de la más notable acción colectiva femenina. Me refiero al
desempeño de mujeres excepcionales que enfrentaron al poder
militar con inusitado coraje, las Madres y Abuelas de Plaza de
Mayo. Su conducta desafía los presupuestos falaces y tacaños en
que se basó la discriminación de las mujeres a lo largo de estos
dos siglos. Fueron esas mujeres las que minaron finalmente al
régimen del horror y lo hicieron empleando los sentidos más
consolidados sobre las obligaciones maternas; no deja de ser
notable que esas mujeres se lanzaran a la arena pública reclamando
como dolientes progenitoras. Hemos sostenido muchas veces que
esos sentimientos ?privados? constituyeron en verdad un profundo
cauce público, aunque en el inicio justamente quisieron evitar
cualquier connotación política a su reclamo. La acción colectiva
es inexorablemente política.

Con la reconquista de la democracia y el regreso de la acción
partidaria, las mujeres no faltaron en todas las fuerzas políticas en
el amplio arco que va desde las derechas a las izquierdas. Pero esa
participación, que a menudo ha sido generosa entrega, no encontró
el recíproco reconocimiento de sus respectivas fuerzas políticas.
Había poquísimas mujeres en el Congreso Nacional, y todavía menos
en las Legislaturas provinciales y en los Concejos Deliberantes. A
pesar de los aires renovados para hacer posible la democracia con la promesa de equidad, las mujeres casi no figuraban en los elencos
gubernamentales; no hubo ni una sola Ministra en el primer gobierno
democrático. Fue esa evidencia lo que llevó a que un nutrido grupo
de militantes de diversas fuerzas políticas, muchas de ellas enroladas
también en el feminismo, promoviera esa reforma de nuestra norma
electoral que se denominó la Ley de Cupo. En 1990, a propósito
del IV Encuentro de las Feministas Latinoamericanas y del Caribe
llevado a cabo en San Bernardo, se incorporó entre sus conclusiones
la demanda de un cupo para garantizar la presencia femenina en la
vida parlamentaria. A ese objetivo concurrió la acción desplegada
por la Multisectorial de mujeres; se llevaron adelante una serie de
movilizaciones y también se creó la Red de Feministas Políticas.
Recordaré a la Senadora radical por Mendoza, Margarita Malharro
de Torres quien presentó en 1989 un proyecto de reforma para
que se fijara un piso mínimo de 30% a fin de garantizar las
representaciones femeninas. Hubo también proyectos en la Cámara
de Diputados presentados por las radicales Florentina Gómez
Miranda, Blanca Macedo de Gómez y Norma Allegrone de Fonte,
por la justicialista Inés Botella, y otras iniciativas de la demócrata
cristiana Matilde Fernández de Quarracino y de la representante
del federalismo, Ruth Monjardín. El Senado, luego de largos debates,
aprobó el cupo de un mínimo de 30% de representantes femeninas
en las listas en lugares expectables en septiembre de 1990, pero la
batalla debió finalmente ganarse en Diputados a inicios de noviembre
de 1991 quien dio sanción a la medida.

Argentina se puso de este modo al frente de las conquista de
derechos femeninos en la arena política y un vasto número de países
latinoamericanos ha imitado el ejemplo a partir de entonces8. Se
trató de una medida de ?discriminación positiva? de enorme
significado para ampliar la ciudadanía de las mujeres. Recordaré
las primeras dificultades que hubo que sortear cuando la mayoría de los partidos políticos pretendió escamotear el nuevo derecho
ubicando a las mujeres en lugares no expectables. En no pocos
casos las damnificadas iniciaron juicios, alguno de los cuales tuvo
resonancia internacional pues llegó a tramitarse en el ámbito de
la OEA. En pocos años las diferentes jurisdicciones adhirieron a la
norma nacional, con la excepción de la provincia de Jujuy que
todavía no lo ha hecho. Durante el corto gobierno de la Alianza,
un decreto del Poder Ejecutivo reglamentó el cupo para las
candidaturas concernientes al Senado de la Nación, de modo que
desde hace ya casi una década el cumplimiento de la norma ha
permitido la presencia de representantes femeninas y no tengo
dudas de que una conjunto de leyes ha podido ver la luz gracias a
ese acontecimiento. Citaré apenas dos, la ley concerniente a la
salud sexual y reproductiva de 2002 que permite el acceso gratuito
a los métodos anticoncepcionales, y la más reciente que sanciona
la violencia contra las mujeres de modo integral.

Quisiera demorarme en dos circunstancias, en primer lugar en las
dificultades que tienen las mujeres para continuar una carrera
política, y en segundo lugar, en ciertos mitos construidos en torno
del cupo femenino.

No hay otro sustrato más sustancial que la lucha por el poder en la
agencia humana que se especializa en la dimensión política, y el
tiempo es su mandatario, su agente, su comisionista. El tiempo es un
vicario del poder. La acumulación de tiempo, sus densidades
diferenciales, comportan valores constitutivos – de cambio – diferenciales para varones y mujeres. Cuando las mujeres hacen política,
saben que el gran problema es gerenciar el tiempo. Los compañeros
varones están impelidos por la decisión del derroche de tiempo en
orden a la aquilatación de poder – se trata de un derroche que no
es desperdicio o negación de las pautas de ahorro. Nada de eso,
sino todo lo contrario, se trata en verdad de una inversión, de una
acumulación. Los varones están dispuestos a regalarse el tiempo,
mientras las mujeres tienen una concepción por entero contrapuesta:
el tiempo es un bien escaso en su economía y no es posible perderlo.
Las regulaciones temporales constituyen lo más arquetípico del
modelado que estatuyen los trabajos del ?ser mujer?: es imposible
gerenciar la heterogeneidad de lo cotidiano sin dispositivos
cronométricos. Es que el tiempo nunca nos alcanza a las mujeres.
Es decididamente común entre nosotras el principio de ?no perder
tiempo?, se revela como el ancla de nuestra estructura subjetiva, y
ese principio es igualmente regente del imaginario femenino de las
que se desafían con la política. Es cierto que muchas mujeres están
obligadas a perder tiempo en las lentas usinas donde se fragua poder,
pero es mucho más común que entre los varones el sentimiento de
esa pérdida. Es poco probable que tras la saga del poder, los varones
se auto impugnen por haber desperdiciado el tiempo, ya que están
aleccionados acerca de que en esto repose la regla de oro de las
orquestaciones de poder. Conclusión: la carrera política de las
mujeres es mucho más adversa que para un varón; las mujeres deben
consagrar tiempo a las responsabilidades domésticas pues estas
siguen siéndoles casi exclusivas, y la demanda para lidiar con la
política se impone como un exceso de tiempo imposible de cumplir.

Con relación a la segunda cuestión – los mitos forjados en torno
del cupo femenino-, debe decirse antes que nada que la posibilidad
de manipulación no se ejerce sólo sobre las mujeres y que ha sido
reiterado en la vida política que los candidatos varones también respondan a deseos, conveniencias e intereses de las figuras fuertes
partidarias. Muchos varones meritorios suelen ser desplazados de
los lugares prominentes a la hora de confeccionar las listas, y a
menudo ni siquiera resultan incorporados porque no responden a
los atributos fijados por quienes detentan el poder en el interior de
las fuerzas políticas. Por lo tanto, si es verdad que padres, maridos,
amantes o mentores pueden señalar discrecionalmente a
determinadas mujeres para ocupar los mejores lugares de las listas,
debe observarse que otro tanto ocurre con los varones.
Otro mito que debe clausurarse es que el cupo es una medida
discriminatoria que se otorga a quienes no están preparadas para la
política. Esta argumentación se basa en la idea de que los varones sí
están preparados, que saben mucho más sobre las difíciles cuestiones
públicas y que tienen más competencia para enfrentarlas. No me
demoraré en contestar este tipo de presupuestos que cae por su
propio peso: se puede concluir con mucha ironía sobre la falacia de
esa argumentación.

Finalmente, es necesario rechazar igualmente un mito ?positivo?
que se nutre de las peores tradiciones compensatorias, y que se
basa en el concepto de que deben darse más lugares a las mujeres
en la vida política, en la acción parlamentaria y en los cargos
decisorios públicos porque la naturaleza femenina es ?más buena?,
menos propensa a los desvíos y a las inconductas. Ese esencialismo
no se compadece ? todo lo contrario ? con la razón trascendental
de la larga saga que condujo a las mujeres al reclamo de
reconocimiento. Las mujeres deben participar en igualdad de
oportunidades y tener los mismos derechos que los varones no
porque sean mejores, sino porque son tan individuos como aquéllos.

Pero quiero expresar que el cupo fue una medida provisoria que
debió paliar la falta de reconocimiento de la acción femenina en la arena política y que estamos en la hora de ir por mucho más: se
impone la completa paridad en la representación masculina y
femenina y no sólo en los órganos de representación popular. No
hay ninguna razón para limitar a una proporción menor que la
mitad la participación de las mujeres y ese es uno de los grandes
pasos a dar en los próximos años.

El Bicentenario, dije al inicio, es un momento singular para animarnos
a hacer balances sin complacencia. Las mujeres han sufrido
discriminación desde el fondo de los tiempos, y la vida poscolonial
no sólo no mejoró sus vidas, sino que se empeñó en exigirles
responsabilidades reproductivas convirtiéndolas en auxiliares
subalternos de padres, hermanos, maridos y amantes. La
trascendente vida pública fue sobre todo cosa de varones también
a lo largo del siglo XX. Pero una historia sincera de la Nación
Argentina debe reconocer, en el mismo aire de los tiempos que
revive, las silenciadas voces femeninas más allá de trastos y enseres
domésticos, más lejos que sus deberes hogareños. La agencia política
de las mujeres forma parte inescindible de nuestros acervos
relacionales, su influencia o su acción directa han impregnado todas
las redes interactivas, tanto para sostener órdenes como para
subvertirlos. Devolverles a las figuras femeninas del pasado sus
capacidades para trascender el mundo privado inenarrable, forma
parte de la obligación de proveerles más derecho a ser sujetos en
el presente. Miramos el pasado porque nos interesa el porvenir.
Poner a las mujeres en la historia política es, de una parte, retar al
patriarcado, pero también es animarlas a asumir con renovada
subjetividad un nuevo tiempo, para que nada pueda ya relegar sus
voces ni soterrar sus actos.
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NOTAS:

1 Dora Barrancos, ?Mujeres en la sociedad argentina. Una historia de cinco siglos?, Sudamericana, Buenos Aires, 2007.

2 Vicente Fidel López, ?Historia de la República Argentina? (Continuada por Emilio Vera González y Enrique de Gandía), T. III, Sopena Argentina, 1975.

3 Op. cit. p. 553

4 Idem.

5 Luis A. Mohr, ?La mujer y la política?, Mendoza, (edición del autor), 1891.

6 Adriana Valobra, Karina Ramacciotti y Carolina Barry (comp) ?La fundación Eva Perón y las mujeres?, Biblos, Buenos Aires, 2008.

7 Dora Barrancos. Op.cit.

8 Los países que se han sumado a la ley de cupos (o cuotas) son Brasil, Bolivia, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Honduras, México, Panamá, Paraguay, República Dominicana, Venezuela. Paraguay tiene la cuota más exigua, 20% y Ecuador la más elevada, 45%. Para un análisis de la situación en América Latina remito a Nélida Archenti y María Inés Tula (editoras) ?Mujeres y Política en América Latina. Sistema electorales y cuota de género, Heliasta, Buenos Aires, 2008.

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*Las mujeres y el Bicentenario / coordinado por María Silvia Varg. 1a ed. – Salta : Mundo Gráfico Salta Editorial, 2010.

FOTO: http://4.bp.blogspot.com/