Noticias Destacadas

Masculinidad y diversidad sexual de Salvador Cruz Sierra

Género y masculinidad

Marta César

El autor afirma que los estudios sobre masculinidad han generado el debate acerca del poder y la íntima relación entre la forma de construcción de la masculinidad y el poder ejercido por los hombres que deviene de esa construcción.

Es cierto que la perspectiva de género incorporada a los discursos políticamente correctos de dirigentes-hombres y mujeres- de ámbitos políticos, gubernamentales, económicos, sociales, no conlleva implícita o explícitamente, la renuncia de privilegios en los hombres y mejoramiento en condiciones de vida de las mujeres, sobre todo de las de sectores más vulnerables.

El autor señala que hay voces que afirman que las identidades de género tradicionales son cosas superadas y la sumisión de la mujer comienza a ser pasado. La apertura de los hombres hacia la emotividad, sensibilidad, afectividad, se corresponden con un sinceramiento del colectivo de los varones en cuanto a las dificultades para asumir de manera absoluta el rol tradicional de proveedor de la familia. Paralelamente se incrementan los índices de violencia hacia mujeres, menores, pornografía dura, pornografía infantil, prostitución, asesinatos de mujeres y homosexuales por su condición de género, que estarían mostrando que la situación no está tan bien como parece. La violencia es la falla del sistema patriarcal en tanto no garantiza, de manera absoluta, la superioridad del hombre sobre las mujeres.

Salvador Cruz Sierra propone que para entender la masculinidad debemos poner atención a los procesos y relaciones de hombres y mujeres ligados al género, orden social basado en sexo de las personas que no se limita al cuerpo. Hay que contextualizar esto en los procesos históricos y culturales que involucran el cuerpo .Por los tanto, Género, es práctica social que se refiere, constantemente, a los cuerpos y a lo que éstos hacen, pero no es una práctica que se reduzca sólo al cuerpo.

El autor dice que el poder es inherente a la masculinidad .La masculinidad da cuenta del sistema patriarcal, del poder ejercido sistemáticamente y estructuralmente por el colectivo ? hombres?.Esto marca distinción entre el lugar estructural y social del patriarca y el hombre concreto de carne y hueso que, en condiciones específicas, pueden o no, asumir el rol de patriarcas.

Hablar de masculinidad, implica hablar del poder de los hombres sobre las mujeres, del poder en relaciones interpersonales, en las estructuras y organizaciones sociales, así y también en las mujeres.

Analizar la dominación masculina, supone visualizar, los modos en que se corporiza el poder masculino y las condiciones en que los hombres concretos pueden ejercerlo, así como las mujeres pueden llegar a constituir un contrapoder a esas prácticas de dominación, o bien ubicarse en el lugar del patriarca. El autor no deja de reconocer por eso que las mujeres no vivan una condición particular de subordinación al poder ejercido mayoritariamente por hombres, sino que, al generalizar, se ocultan, se invisibilizan los ejercicios concretos de poder de hombres y mujeres que dependen de sus condiciones sociales de clase, raza, orientación sexual etc.

Si la masculinidad y los hombres son cosas distintas o no son la misma cosa, al autor le resulta importante cuestionar la idea de que el varón posee, absolutamente, el poder del patriarcado.

Mujeres y hombres no estamos en situación de subordinación o dominación absoluta, sino de resistencia o en situaciones donde es posible la negociación.

Cruz Sierra afirma que no es posible abordar la masculinidad sólo desde la perspectiva del poder, porque esto impediría ver, comprender la experiencia de los hombres y en la medida que no se comprenda esto tampoco se podrán producir transformaciones en sus relaciones cotidianas.

No se trata de imponer una visión universal del poder, se trata de abordar la masculinidad teniendo en cuenta la experiencia de los hombres, desde una perspectiva crítica con el objetivo de producir cambios en la vida de las mujeres y de los hombres.

Que el género permita las construcciones sociales y simbólicas, usos de espacios, división sexual del trabajo, requiere identificar los recursos que posibilitan el poder de los hombres sobre las mujeres: la autonomía, el uso de espacios públicos, empleo y distribución del cuerpo, acceso a los recursos económicos, construcción y uso del cuerpo, sexualidad etc.

El hecho que haya múltiples formas en que los hombres viven su masculinidad, que haya diversas concepciones de ser hombres no es problema. El problema radica en la valoración o descalificación de unas sobre otras. Aunque estas diversas formas de ser hombres comparten algo en común: el poder. Los hombres no comparten de manera universal la situación de desigualdad que sí comparten las mujeres en relación a los hombres.

La articulación entre géneros y otros ejes importantes como raza, etnia, clase social u orientación sexual da forma a diversas expresiones del poder en los hombres, en contextos socioculturales, históricos, y personales específicos.

El autor afirma que es importante tener en cuenta el poder como inherente a la masculinidad, que la masculinidad y los hombres no es lo mismo, que la lucha del feminismo es en contra del patriarcado, que el poder no es exclusivo de los hombres, sino que hay mujeres que adoptan el lugar del patriarca y que los hombres y mujeres participamos de la lógica de la ?dominación masculina?

Breves reflexiones acerca del Artículo Género y Masculinidad

Acuerdo que el discurso ?políticamente correcto? de algunos/as gobernantes/as, y dirigentes/as de las áreas sociales, políticas, económicas ha sido permeado por la perspectiva de género, sin que esto tenga su correlato en los actos de la vida cotidiana. La proximidad y abundancia de ejemplos es abrumadora. En nuestra provincia, la Secretaría de Derechos Humanos fue elevada a la categoría de Ministerio de Derechos Humanos y Justicia. Desde allí se garantiza administración de justicia y protección de los Derechos Humanos para todos y todas. Simultáneamente, se intenta modificar la Ley de Protección de Víctimas de Violencia Familiar, exponiendo a las mujeres víctimas de violencia, al retroceso de la mediación y los juzgados penales. O se deja sin presupuesto el área de Coordinación de Violencia, por mencionar sólo algunas de las muchas contradicciones entre los discursos y los hechos. Si el desarrollo de las democracias occidentales, como afirma Celia Amorós, se consolidó sobre la igualdad, la libertad, en un espacio de ciudadanía, las mujeres quedaron excluidas de la ciudadanía. Entonces ?la propia lógica universalizadora de las democracias, base de su legitimidad, no permite mencionar, hacer explícita la exclusión, ésta debe ser tácita: debe hacerse sin decirse, o sin verse, pues de lo contrario se corre el riesgo de resaltar la contradicción de la proclama igualitaria?(2)

Es tanto o más desalentador que la perspectiva de género no se explicite ni aún en los discursos. Nuestra realidad inmediata da cuenta que, en los núcleos duros del patriarcado, como la justicia, la mirada de género sostenida por los movimientos de mujeres, despierta no pocas resistencias. No se acepta que un corpus nuevo de conocimiento relativice, deconstruya lo dado como verdadero, e intente construir esos objetos validados socialmente, desde una nueva perspectiva. Toda producción feminista despierta, en ciertos espacios, rechazo cuando no temor. En tanto los discursos y los actos de las/os feministas se reafirmen como crítica patriarcal, se concretan, como sostiene Amorós ?como crítica cultural y crítica política?(?)? ?la identificación del patriarcado como realidad sistémica es lo que puede dar cuenta de la sistemáticamente fraudulenta usurpación de lo universal por parte de una particularidad, la constituida por el conjunto de quienes detentan el poder ,muy precisamente?(3) Mientras tanto, en nombre de la familia y del orden social establecido, se continúa sosteniendo un sistema de aberrantes discriminaciones e inequidades sólo ?porque siempre fue así?

Que los hombres, o mejor dicho, que algunos hombres de ciertos sectores sociales asuman que no pueden ser los proveedores absolutos de sus familias tiene más que ver con las coyunturas económicas que con la conciencia de la democratización de los espacios domésticos y públicos. O con el ejercicio equitativo del poder. Héctor Bonaparte dice que ?el neoliberalismo con sus políticas de ajuste y el desempleo consiguiente ha sacudido bastante el modelo del varón proveedor?(?)? Se tiene la impresión de que mientras la crisis lo permita, tanto los varones, como también las mujeres se siguen ajustando a aquella prescripción, por tradicional y conservadora que parezca?(4) La inversión de roles dentro de la casa, entre un hombre desempleado y una mujer que trabaja, como afirma Bonaparte, no convierte a las mujeres en jefas de familia ni a los hombres en amos de casa. La mujer es designada socialmente como jefa de familia, ante la ausencia de un varón. Y aún así debe sortear innumerables obstáculos para acceder a la tierra, a créditos bancarios, planes de viviendas.

Los genitales ? en nuestra sociedad- determinan el sexo. La masculinidad se adquiere a través de procesos en que los varones introyectan los mandatos sociales del ser hombre, racional, fuerte, competitivo, protector, agresivo. En tanto construcción social, la masculinidad es poder y porque el poder y el dinero se corresponden ?la manutención ? responsabilidad esencial de los varones- es también una oportunidad, así sea solamente simbólica, de ejercitar el poder que detentan los varones a causa de su sexo?(5)

El poder dentro del sistema patriarcal se erige a partir de la subordinación. La subordinación a partir de la violencia. Si la masculinidad es poder, la masculinidad es también, violencia. Más que una falla del sistema patriarcal, la violencia de los hombres es la ratificación misma del sistema, cuyos pactos, como señala Amorós, se transforman continuamente, pero continúan siendo eficaces. Tanto, que sus modos de socialización tan acabados, arraigan la ideología patriarcal de modo que ?la fuerte coacción estructural en que se desarrolla la vida de las mujeres presenta para buena parte de ellas, la imagen misma del comportamiento libremente deseado y elegido?(6)

La crítica a este modo de relación dominante, puede significar algunas transformaciones, según señala, Mauricio List Reyes, y originar prolongados procesos de avances y retrocesos ya que ?el sustento ideológico y simbólico hace aún más difícil, tanto el reconocimiento de su existencia, como su modificación por parte de los actores sociales involucrados en ello.?(?) ?Hombres y mujeres reinciden en prácticas y actitudes reforzadas constantemente por el orden social establecido?(7)

En tanto no conlleva el derecho a ser obedecido, el autoritarismo de los autoritarios es al decir de Bonaparte,? esencialmente débil, pero se afirman siendo rigurosos con los que tienen menos poder que ellos?(?) ?Lo masculino es algo débil que se fortalece con algo más débil, lo femenino?(8) Ante la ruptura de la regla, impuestas por las tradiciones, como dice la filósofa Diana Maffía, el disciplinamiento hacia las mujeres vendrá desde la violencia. Cuando los hombres advierten que las reglas no ayudan a resolver la interacción ni las transacciones sociales, la violencia se erige como el lugar de restitución de la autoridad

Que los hombres puedan o no sitiarse en el lugar del patriarca tiene que ver- como afirma Graciela Morgade- con la interpelación que la comunidad homosexual realiza al movimiento social de mujeres , en tanto sostienen que no gozan de los privilegios del colectivo ? hombres? que denuncian las feministas. Porque la masculinidad que se construye desde el androcentrismo, ? que podría denominarse tradicional, que debe preñar, proveer y proteger ( según el antropólogo David Gilmore), tiende a construirse no solamente como oposición y superioridad frente a lo femenino, sino también con contenidos fuertemente homofóbicos?(9) Romper el marco normativo de la heterosexualidad ,uno de los núcleos de identidad de los hombres, significa quedar fuera de las evaluaciones morales acerca de la masculinidad convencional. Frente a las prescripciones hegemónicas de la masculinidad, los varones que la sociedad perciba como individuos indignos de su sexo, se designarán como varones subalternizados.

La politóloga Nancy Fraser, encuentra que los grupos subordinados es decir mujeres, trabajadores/as, personas de color, gays, lesbianas pueden generar espacios desde donde se origine un discurso distinto al discurso dominante ?que al mismo tiempo les permite formular interpretaciones de oposición acerca de sus identidades, intereses y necesidades?(10) De allí a que las mujeres podamos llegar a constituirnos como un contrapoder, en situación de resistencia, que nos permita la negociación, como propone Cruz Sierra, hay mucho camino por andar. Pienso en mujeres de las comunidades originarias, trabajadoras rurales, empleadas domésticas, amas de casa y en definitiva, en el colectivo de mujeres que organizadas o no, debemos lidiar diariamente, con resultados desiguales, contra las imposiciones patriarcales y las normativas de la masculinidad.

En tanto producto del patriarcado, las mujeres reproducen y retroalimentan el ordenamiento patriarcal a la vez que son moldeadas por él, y aún cuando las condiciones de clase, raza, orientación sexual las coloque en situación de poder, difícilmente puedan ubicarse en el lugar del patriarca.

A la luz de las reflexiones de muchas feministas -que han definido al patriarcado como el producto de las relaciones asimétricas del poder entre hombres y mujeres, el pacto interclasista entre hombres para subordinar a las mujeres, o el orden simbólico de opresión que se basa en un orden social de explotación, el lugar del patriarca se define desde la naturalización del poder, desde la ausencia de la huella material y simbólica de la opresión y la explotación, que por su condición de género, portan las mujeres

Los movimientos de mujeres, los estudios de las feministas, han desarrollado la concepción de la masculinidad, las masculinidades hegemónicas y diversas masculinidades subalternas. También el sesgo de la cultura occidental basada en la preponderancia cultural, social e institucional de los varones. .Entre los muchos paréntesis que despejar, queda claro – en esto acuerdo con Cruz Sierra- que las diversas formas de ser hombre comparten el poder del que están excluidas las mujeres.

Más que articular, el género transversaliza ejes como la raza, la etnia, la clase social, las identidades sexuales, y todas las categorías conceptuales tradicionales y pone al descubierto en la historia de la humanidad, al menos en Occidente, que el paradigma de lo humano fue, siempre, el varón.

La perspectiva de género nos permite, a hombres, mujeres y comunidades con diversas identidades sexuales y de género, rastrear y deconstruir los patrones androcentristas sobre el que se construye un sistema de exclusión, discriminación y subordinación .Hacer realidad una sociedad inclusiva es nuestro mayor desafío.

Bibliografía

1.- Cruz Sierra, Salvador, Masculinidad y diversidad sexual, Revista La Manzana, vol .I, Nº I, Enero- Marzo 2006

2.- Amorós, Celia, De Miguel Álvarez, Ana, Teoría Feminista y Movimientos Feministas, Introducción, 64

3.- Amorós, Celia, Op. cit. 41

4.- Bonaparte, Héctor, Unidos o dominados, Mujeres y Varones frente al Sistema Patriarcal, Homo Sapiens Ediciones, 164

5.- Bonaparte, Héctor, Op. Cit., 167

6.- Amorós, Celia, De Miguel Alvarez, Ana, Teoría Feminista y Movimientos Feministas, Introducción, 61

7.-List Reyes, Mauricio, Jóvenes corazones gay en la ciudad de México, Género, identidad y socializad en hombres gay, Cap. I, El género y la identidad, Benemérita Universidad autónoma de Puebla, dirección General de Fomento Editorial, Facultad de Filosofía y Letras, 23

8.- Bonaparte, Héctor, Op. Cit., 191

9.- Morgade, Graciela, aprender a ser mujer, aprender a ser varón, Ediciones Novedades Educativas, 2001,75

10.- Fraser, Nancy, Repensar el ámbito público: una contribución a la crítica de la democracia realmente existente, Siglo del Hombre, Universidad de Los andes, Bogotá, 1997,41.