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El debate necesario

Fútbol, feminismo y homosexualidad

Paraguay es noticia en distintos medios del continente por lo que llaman un “escándalo sexual” entre un jugador, su representante y el presidente de un club de fútbol. Con el el feminismo más que nunca en la agenda pública, más que horrorizarnos, celebramos que se abra el debate sobre la homosexualidad en el fútbol.

Imagen : Ahora Córdoba

El fútbol es el espacio por excelencia de construcción de sentidos masculinos. Lo masculino. Es como un ritual religioso. Forma parte de la cultura popular, de la identificación colectiva de distintos grupos sociales. El barrio, el potrero, ir a la cancha, el choripán, la bandera, las canciones, la juntada con amigos a ver el partido y que nadie me joda, el “te sigo a todos lados”.

Como cualquier tradición popular, que por el solo hecho de serla parece muchas veces incuestionable, contiene sin embargo, atributos de sentido fuertemente naturalizados, que imprimen realidades.

La puteada predilecta, para desmerecer al equipo contrario y sus hinchas, es una identificación sexual: puto, maricón. Que implica en el ámbito mencionado, lo menos hombre que alguien puede ser en un deporte donde se premia la hombría. Sería lo débil, contrario a “poner huevos”, símbolo de la masculinidad hegemónica. Ojo, no pertenece solo al fútbol, sino que atraviesa a la sociedad en general. Y viceversa.

Si bien en estos últimos años han aparecido comentaristas mujeres, periodistas de campo de juego, alguna analista del deporte y jueces de línea en categorías menores, sigue siendo poco y secundario su protagonismo para ser la mitad de la población. Mucho menos se ve a varones homosexuales en el entramado del fútbol.

¿A qué va todo esto? En Paraguay se conoció la semana pasada la publicación de una foto donde se encontraba Bernardo Gabriel Caballero, jugador del club Rubio Ñu y Antonio González, su presidente, en una situación íntima. Supuestamente, la misma fue difundida por la actual pareja del jugador, Valentín Ozuna, su representante, en lo que completaría el triangulo amoroso.

Luego se sucedieron distintas acusaciones, causas judiciales, declaraciones de la Asociación Paraguaya de Fútbol, cancelación del contrato del jugador por parte del presidente y distintas opiniones que se esmeran en criminalizar y no seguir abriendo puertas que se sabe existen. Por otro lado, la ONG “Somos Gay” de Paraguay, festejó la ruptura del tabú y compartió a través de su revista Equis, una nota sobre la homofobia y el deporte.

En el medio argentino más importante del deporte, el diario Olé, siguen la noticia de manera cotidiana. Mientras, en sus páginas se utiliza la imagen de las mujeres como objetos sexuales en su sección “La diosa de la semana” donde se las ve haciendo una sección de fotos semidesnuda. La combinación perfecta para el falo: fútbol y mujer.

Quizás tenga que ver con que en el fútbol hay algo erótico. La excitación del gol, de ganar un partido en el final, de que pierda el equipo contrario. El fútbol erotiza, sin saberlo. Porque si se asumiera, dejaría de gustar (o se disfrutaría más). A los mismos jugadores, aunque sea un trabajo. ¿Qué hacen los jugadores los fines de semana de concentración o semanas de preparación física con otro compañero en una habitación? ¿Sólo toman mate?

El sentido del tratamiento de los medios deportivos va en ese sentido. Que hombres, en el ámbito del fútbol, sobre todo siendo jugadores, sean gays, problematiza una estructura no creada pero sí sustentada en la idea del macho.

Representantes del fútbol internacional han manifestado que nunca comprarían un jugador gay, que eso modificaría la esencia del deporte. Un ámbito identitariamente masculino, donde la mujer acompaña y la homosexualidad (se cree) no existe. Si se hiciera público un caso así, la misma estructura se encargaría de oprimir mediante insultos en la cancha, la estigmatización en los medios y la indiferencia de los clubes y sus compañeros.

Pero la ola feminista viene y representa a los que “patean para el otro lado” también. Es la varita mágica de la seguridad buscada en un mundillo violento y represivo. Y cuando salte uno, salen todos y el sistema se pone en tensión. Para bien, se democratiza, se vuelve más parecido a la sociedad.

“Los futbolistas no salen del armario porque tienen miedo a que les insulten”, dijo en una entrevista uno de los mejores jugadores del mundo: Antoine Griezmann. Que no es gay, pero dijo que si lo fuera, lo diría. Difícil de comprobar, pero bueno.

Qué sano sería que un jugador estrella, popular, diga públicamente “soy gay”. Abriría puertas para otros que quizás no se animan y pondría en discusión la idea de varón hegemónico, logrando también probablemente la iniciación de muchos homosexuales en el fútbol que hoy es, sin duda, un terreno hostil.

Ser varón y no jugar o que no te guste el fútbol, ya es indicio de sospecha. Sucede porque la representación de hombre en ese deporte no se adapta a sus formas de sentir, que no dejan de ser masculinas.

Como señala Jokin Azpiazu Carballo en Homo, Homini, Lupus. ¿Es posible pensar la masculinidad desde la masculinidad?, “la masculinidad hegemónica se impone de manera invisible, no es perceptible a primera vista, se establece como medida de lo normal y de sentido común. No es fácilmente alcanzable, pero se convierte en un modelo que seguir, en una identidad genérica que reproducir y defender: quien es un hombre y encarna una masculinidad hegemónica deberá, de diferentes maneras en diferentes contextos, demostrar su posición y luchar para que no le sea arrebatada. Es precisamente esta jerarquía la que hace que exista una desvalorización, castigo y violencia hacia otras masculinidades que no encajan en ese modelo: hombres que encarnan masculinidades femeninas, hombres gays, hombres que no muestran emociones violentas”.