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DEL LIBRO MUJERES DE SALTA TESTIMONIOS DE VIDA

Esperanza Viviana Canavides- Vaqueros(1)

Está orgullosa de su modesto puesto de verduras a orillas de la ruta. No sólo porque vende a muy buen precio parte de las verduras cosechadas en su pequeña finca, sino porque este espacio se convirtió, con el tiempo, en una posta que presta importantes servicios a los vecinos.

Tal vez adquirió el tesón en el trabajo siendo muy pequeña, en Brealito, donde nació y vivió sus primeros años. Una etapa dura con responsabilidades impuestas por sus padres, que evoca con nostalgias, a pesar de todo,?es una vida dura. De muy chicos tenemos que andar en los cerros cuidando ganado, ir al campo a cuidar las ovejas, las cabras y al regresar a la casa , tenemos que venir con un atado de leña, todos los días, pero en el campo, a pesar de lo que uno sufre ,también hay satisfacciones?

Recuerda que ?yo de muy chica, de los cinco años hacía eso, mirando el tiempo atrás digo, es duro, porque capaz que ahora no sé si lo haría así como lo hice. Porque uno es chico y los padres le ponen reglas de trabajo. Y uno las cumple, porque hay que obedecer?

No le faltó la comida, pero añoraba disfrutar de alguna golosina con más frecuencia que las que tenía, cuando algún familiar de la ciudad la visitaba. Su madre le narraba que, en otras épocas, cuando los caminos hacia Chile estaban en mejores condiciones que los que traían a Salta, su abuelo solía ausentarse por meses en una travesía a lomo de mula para vender en el país vecino, mantas y ponchos tejidos en sus telares. También hilos, carnes y cueros que trocaba por mercaderías.

Cumplidos los siete años, sus padres resolvieron instalarse en Seclantás donde vio mejorar su vida sólo por la proximidad del pueblo. Por lo demás, sus tareas continuaban perfectamente regladas. Desmalezar y trabajar los almácigos, transportar leña, cuidar animales, ?nos mandaban al campo a cuidar ovejas y nos teníamos que ir con la Puscana (huso de hilar), nos daban un poco de lana y eso teníamos que traer hilado?asevera.

Su voz se tiñe de candor cuando relata sus vivencias?yo me iba a cuidar las ovejas, me dormía en medio de los yuyos y las ovejas entraban a los sembrados y venían y me descubrían, o me encontraban que estaba durmiendo y me hacían resonar a chirlos?

Asistía a la escuela después de una caminata diaria de casi cinco kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Y pequeña como era, sin poder sortear las piedras del río que se interponía en varios puntos del camino, llegaba permanentemente empapada a casa de una buena señora que le prestaba ropa de sus hijas para que pudiera asistir a clases con la ropa seca. Ritual que reiteró-de ida y vuelta- cotidianamente, hasta concluir su ciclo primario.

Juzga como eternos lo siete meses que prestó servicios como única empleada doméstica, finalizada la escuela primaria, a la edad de doce años, para una familia de siete miembros.?Me hacían hacer cosas más duras que en el campo, me hacían lavar como doce sábanas a mano, me hacían limpiar la casa de punta a punta y a esa edad aprendí a cocinar, también. Era muy poquito lo que me pagaban, era mucho el trabajo y yo me cansaba??

Después de algunas experiencias similares que, en el recuerdo, aún hoy le provocan tristeza, entró al servicio de una familia que alentó sus deseos de continuar estudiando. Quería ser maestra, pero por falta de tiempo y medios, estudiando de noche logró recibirse de Perito Mercantil.

Luego de trabajar como ayudante de modista primero, y encargada de un negocio de gastronomía después, conoció al padre de sus tres primeros hijos y creyó que encontraba un compañero para ?toda la vida?. Pero él resolvió andar otros caminos, y se encontró nuevamente desmalezando almácigos en los potreros, con fuertes jaquecas producidas por la exposición al sol y cosechando hortalizas para dar de comer a sus hijos.

Al costo de muchas privaciones, pudo ahorrar algunas monedas para comprar una balanza y un poco de verduras, con las que inició un modesto emprendimiento que crece día a día.?Tardé tres meses para ahorrar quince pesos que me costó la balanza y cinco meses más para ahorrar los otros treinta para poder comprar la mercadería,?señala aún, incrédula de sus logros.?Empecé con tres cajoncitos, después a aumentar los cajones, pero igual seguía trabajando porque no podía sacarle a la verdulería todavía. Lo que yo trabajaba lo invertía ahí?y así fue creciendo mi negocito??

Hoy, Viviana dice ser feliz, tiene cinco hijos a los que ama y un nuevo compañero con quien comparte el trabajo y los proyectos .Espera concretar el sueño de otro negocio y así poder hacer estudiar a sus hijos, porque según afirma,?el estudio cambia la vida?.

?Vivi?como la conocen en Vaqueros, trabaja tranquila porque paga todos sus impuestos,?Como usted ve- señala- el quiosquito está todo en blanco. Pago impuestos de Rentas, Dirección General Impositiva, la Municipalidad, todo está en blanco, trabajo tranquila porque no tengo que estar diciendo van a venir y me van a clausurar?

Vende ?al fiado? a los vecinos y siempre está dispuesta a tender una mano donde haga falta porque ?yo sé lo que es la necesidad?afirma.

Su pequeño puesto de verduras a orillas de la ruta, se ha convertido en una posta obligada para los lugareños que suelen dejar o retirar cartas, encomiendas, mensajes o recados para sí o para terceros. Siempre hay un niño revoloteando cerca de las frutas que Viviana comparte generosamente.

?Vivi? es una mujer sensible y trabajadora. Y un punto de referencia para el que desee aprender a amar a Vaqueros.
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(1) ?Vaqueros, departamento La Caldera, es un pueblo a 12 kilómetros al norte de la ciudad de Salta. Debe su nombre al antiguo dueño de estas tierras, don Francisco Vaquero y familia, que allá por los años 1690 forjaron los cimientos de la agricultura y la ganadería constituyéndose en el polo productivo más importante de molienda de cereales de los alrededores de la ciudad de Salta y el parador obligado del comercio del ganado mular, con los pueblos del Pacífico.

FOTO: www.opisantacruz.com.ar