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El drama de la inmigración en el Mediterráneo

” En Libia hay violaciones a diario”

A los puertos italianos llegan a diario cientos de inmigrantes. con su travesía dejan atrás experiencias terribles.mujeres inmigranters italia

Ha sido terrible», afirma en inglés Bilad, un joven de Eritrea pocos minutos después de poner los pies en Europa por primera vez. Camina para ser identificado junto a un grupo de 447 inmigrantes que en la mañana del miércoles ha llegado al puerto de Augusta, en la isla italiana de Sicilia. Proceden, según los primeros datos disponibles, de Siria, Egipto, Sudán, Somalia y Eritrea. Muchos integran familias enteras, que llegan con apenas un par de bolsas por todo equipaje. En el grupo hay 95 mujeres, casi todas con chilaba y cabeza cubierta con jiyab, y 59 menores, muchos de ellos niños y bebés.

A bordo les van dando la orden de descender agentes cubiertos de pies a cabeza con un mono blanco, guantes, gafas de plástico y patucos sobre el calzado. Tan pronto como los inmigrantes bajan por la escala de la patrullera «Comandante Bettisa», en unas carpas de la Cruz Rojase les hace una inspección rápida para comprobar su estado de salud. Ha ocurrido tantas veces que los engranajes van casi solos. A los pequeños los van calzando con zapatos de goma de colores. Pronto se les puede ver inquietos de un sitio para otro. Algunos saludan a los reporteros desde la distancia. Empiezan también a aflorar sonrisas en los rostros de los mayores. Solo los bebés se quedan en brazos de sus madres.

Algunos incluso superan el cansancio de sus rostros y hacen el signo de la victoria, saludan a los policías con mascarilla o entonan «¡Italia, Italia!». Van dirigidos en grupo camino de unas tiendas de campaña donde son atendidos con algo más de calma e identificados.

Solo el principio

Es el primer paso de un proceso en el que se recoge su llegada de forma irregular a la Unión Europea. Hay que comprobar quiénes tienen derecho al estatuto de refugiado, especialmente en este grupo llegado el miércoles a Sicilia, que proviene de zonas en guerra como Siria o Somalia, de dictaduras como la eritrea, o de países en los que una parte de la población sufre los abusos del poder como en Egipto o Sudán.

No se permiten las entrevistas, pero este periodista puede brevemente saludar a Anás, llegado desde Damasco con su familia, o a Alex, que ha completado el viaje junto a su mujer y su hija de pocos meses, que han escapado de Sudán. Las organizaciones humanitarias son las primeras en tener acceso a los recién llegados. Sara Tailer, de la ONG Save the Children, habla con una familia siria que acaba de llegar. «Escapamos de Siria para salvar la vida de nuestros hijos», le dicen los padres. Refiriéndose a la semana larga de travesía, explican que han sido bien tratados, que han viajado en la parte de arriba de la embarcación y que les han dado agua, pasta y queso. Salieron de Siria hace cinco meses. Tailer no tiene demasiados detalles, pero por su experiencia sabe que los sirios viajan con más dinero que otros emigrantes. Por eso pueden pagar más y acaban instalados en las partes más cómodas del barco y son tratados mejor por los organizadores de la expedición.

«Hasta cierto punto estas mujeres han tenido suerte de haberse embarcado en Egipto, donde las condiciones son mucho mejores que en Libia. Allí las violaciones y los abusos están a la orden del día», comenta Tailer, evocando los casos de las mujeres que acaban llegando en estos barcos embarazadas o con hijos fruto de esas violaciones.

Aparentemente, el grupo llega en buenas condiciones a pesar de los ocho días que han pasado a bordo de un pesquero de color amarillo con el que zarparon de la costa egipcia, explica a ABC el subcomisario de la Policía Nacional Carlo Parini. En el operativo de rescate participaron, además de la patrullera de la Marina Militar de 85 metros en la que llegan a tierra, dos embarcaciones de la Guardia Costera italiana y un barco griego.

Tres mujeres tienen que ser puestas bajo observación porque han llegado embarazadas, cuentan los miembros de Cruz Roja mientras recogen las carpas. Testigo mudo de la escena, a pocos metros, se encuentra el istmo de Augusta, fortificado por los españoles en el siglo XVI. El operativo se ha desmontado casi en su totalidad y apenas quedan unos agentes en torno a la patrullera. «¿Y con ese pesquero de color amarillo qué se ha hecho? «Se deja a la deriva en el Mediterráneo», señala el subcomisario Parini encogiéndose de hombros.

Imagen : abc.es