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LAS MUJERES Y EL BICENTENARIO

El Trabajo de las Mujeres

El objetivo del presente trabajo es realizar una aproximación a la
situación de la mujer y el trabajo. Sin lugar a dudas uno de los
hechos más relevantes del siglo XX fue la incorporación de la mujer
al mundo laboral.

No es mi intención realizar aquí un análisis histórico de los avances
de la mujer en relación al trabajo, sino a partir de los análisis existentes en el tema, desprender los aspectos más relevantes en avances y las cuentas pendientes que aun tenemos de cara al Bicentenario de la Patria.

Las mujeres han trabajado siempre y su actividad a lo largo de la historia ha resultado fundamental para el desarrollo de los pue-blos
y las familias. Sin embargo, su aporte ? frecuentemente – permanece
oculto e invisible para la sociedad.

En las diferentes épocas y sociedades ha existido una división del
trabajo en función del sexo, que responde a fenómenos sociales y
culturales. Esta distribución del trabajo entre varones y mujeres es
llamada división sexual del trabajo y consiste en la diferenciación que se hace sobre las actividades ?que deben realizar las mujeres? y las que ?deben realizar los varones?, adjudicando diferentes espacios en función del sexo, correspondiendo fundamentalmente a las mujeres desarrollar su actividad en el ámbito doméstico (privado) considerado como reproductivo y a los varones en el ámbito público considerado como productivo.

El ámbito reproductivo o doméstico abarca tareas relacionadas con la
organización y atención a la familia y aquellas derivadas del cuidado del
hogar (lavar, planchar, cocinar, cuidar a los hijos e hijas, cuidar a las
personas mayores, etc.). Tiene que ver con actividades no mercantiles
y, por lo tanto, permanece en un segundo plano ya que no se cambia
por dinero.

El trabajo del ámbito productivo o público abarca las tareas
relacionadas con la vida económica, política y social. Espacio ocupado
y adjudicado hasta hoy mayoritariamente por y para los varones.
Tiene que ver con las actividades productivas de carácter mercantil
y en las que se ejerce el poder y, por lo tanto, tienen un valor de
cambio. Es visible (abogados, albañiles, ingenieros, ministros, jueces,
etc.).

Se establece, así, una clara separación entre el espacio privado y el
espacio público. De esta forma, lo productivo está masculinizado, genera
riqueza, es visible socialmente, tiene reconocimiento social y proporciona
autonomía personal. Por el contrario, el trabajo reproductivo está
feminizado, no genera riqueza, es invisible socialmente, no tiene
reconocimiento social ni proporciona autonomía personal y se
considera secundario.

En la actualidad, el trabajo se define como la suma de las aportaciones
humanas que, junto a los recursos naturales, permite obtener los bienes
y servicios que necesitan las personas para satisfacer sus necesidades.

Las tareas realizadas en el hogar no tienen consideración de trabajo a
pesar de que cubren necesidades y de que quienes las llevan a cabo
(fundamentalmente las mujeres), utilizan muchas horas para su
realización.

Esta distribución de roles entre mujeres y varones se mantiene en gran medida en la actualidad. La creciente incorporación de las mujeres al mercado laboral no ha sido suficiente para que se produzca una incorporación de los varones al trabajo doméstico y de atención y cuidado de las personas dependientes, y esto provoca un grave problema para la calidad de vida de las mujeres, que soportan cada vez más una mayor carga de trabajo, si consideramos la suma del trabajo productivo y reproductivo.

La falta de reparto del trabajo doméstico obliga a las mujeres, en muchos casos, a tener que elegir entre el trabajo remunerado y la familia o intentar hacer ambas cosas a la vez, para lo cual las mujeres suelen:

? buscar empleos a tiempo parcial para poder seguir haciéndose
cargo de las responsabilidades familiares.

? buscar ayuda en familiares cercanos (generalmente la madre
u otra mujer) para que cuiden de sus hijos e hijas.

? prescindir de su propio tiempo libre y espacio para sí mismas
por la sobrecarga de trabajo.

? estar menos motivadas en su promoción profesional ya que
ésta llevaría aparejada una dedicación mayor en detri-mento de las
obligaciones y cuidados familiares.

Un reparto equitativo de responsabilidades familiares y tareas domésticas, fomentaría la igualdad entre varones y mujeres ya que
facilitaría similares oportunidades de participación social, política y/o
laboral.

Desde inicios del siglo XX aparecen sucesivas normas, acuerdos
y Pactos Internacionales en los que la preocupación por los problemas
de la incorporación de la mujer al mercado de trabajo comienza a
ser tema central. De hecho, una de las primeras normas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el Convenio sobre la protección a la maternidad del año 1919, hacía referencia a un aspecto
central de estos problemas como es el empleo antes y después del
parto.

En efecto, desde su fundación en el año 1919 la OIT ha estado
comprometida con la promoción de los derechos laborales de mujeres
y varones (en primer lugar con una postura proteccionista con las
mujeres) y progresivamente con la igualdad entre los sexos. La visión
de la OIT sobre la igualdad de género parte de la idea de que se trata
de un derecho humano fundamental, esencial para alcanzar el objetivo
mundial de ?Trabajo Decente para Todos? que se ve plasmado en
numerosas resoluciones de la Conferencia Internacional del Trabajo,
así como en diversos Convenios Internacionales del Trabajo.

Mediante una resolución adoptada en el año 1938, la Conferencia
Internacional del Trabajo invitaba a todos los miembros de la
Organización ?a aplicar el principio de igualdad de trato a todos los
trabajadores que residan en su territorio y a renunciar a toda medida de
excepción que especialmente tienda a establecer diferencias en perjuicio
de los trabajadores de ciertas razas o confesiones, respecto de su admisión a los empleos, tanto públicos como privados?.

En el ámbito más limitado de la igualdad de oportunidades y de trato
entre varones y mujeres en el empleo y la ocupación, la Conferencia
Internacional del Trabajo adoptó, en su 60ª reunión, una Declaración
sobre la Igualdad de Oportunidades y de Trato para las trabajadoras
cuya importancia se reiteró en la Resolución sobre la Igualdad de el empleo. Para hacer surtir efectos a la Resolución antes mencionada
el Consejo de Administración adoptó, en el año 1987, un Plan de Acción sobre Igualdad de Oportunidades y de Trato para los Trabajadores y las Trabajadoras en el Empleo.

No obstante las reglas internacionales, es evidente, al revisar las leyes
vigentes en la actualidad, que a pesar de los avances y de las tendencias nacionales e internacionales, la normativa en esta materia debe mejorarse, especialmente en los casos en que no existe una protección legislativa adecuada y completa (definiciones, procesos, sanciones), o cuando algunas categorías de trabajadores y trabajado-ras están excluidas implícita o explícitamente del alcance de la protección en vigor. La cuestión es cómo conseguir este objetivo de forma eficaz respetando las diversas culturas y la tradición legislativa.

En la segunda mitad del siglo XX se han producido importantes instrumentos internacionales que además de la igualdad formal ante
la ley promueven la igualdad de oportunidades y de trato: la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (1966), el Pacto Internacional de Derechos Económicos Sociales y Culturales (1966), la Declaración sobre la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (1967), la Proclamación de Teherán (1968), la Proclamación sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (1979) y las diferentes conferencias de las Naciones Unidas han desarrollado estos principios.

En el año 1979, la Organización de las Naciones Unidas concluye la
Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación de la Mujer que, junto con los diferentes Convenios de la OIT sobre el tema, determinan la existencia de un cuerpo jurídico internacional, que iniciado en torno a la mujer, a su protección y más tarde a su igualdad, pasa hacia un concepto más amplio, fundamentado Oportunidades y de Trato para los trabajadores y las trabajadoras en en la equidad en el mercado de trabajo y en la necesidad de no discriminar.

En Argentina, respecto a la igualdad de trato y oportunidades entre
varones y mujeres es preciso recordar que está garantizada por la
Constitución Nacional, que consagra los derechos para todos/as los/
as ciudadanos/as, y para los trabajadores/as. Asimismo, la Reforma
Constitucional de 1994 otorgó rango constitucional a una serie de
tratados y convenciones internacionales que dictaminan en relación
a la eliminación de todas las formas de discriminación, al
reconocimiento de la igualdad y al compromiso de los Estados en
relación al tema. También contamos con la Ley de Contrato de Trabajo
(Ley 20.744), que contiene en su articulado disposiciones para
garantizar la igualdad, la Ley Nacional de Empleo (Ley 24.013) y la
Ley Antidiscriminatoria (Ley 23.592), que reafirma el principio de no
discriminación contenido en la Ley de Contrato de Trabajo y además
habilita al damnificado/a a solicitar la nulidad del acto o cese de la
actitud discriminatoria y la reparación de los daños tanto morales
como materiales.

Entre las políticas adoptadas por el Ministerio de Trabajo en el tema
de igualdad se destaca la creación en 1998 y su relanzamiento en
2000 de la Comisión Tripartita de Igualdad de Trato y Oportunidades
entre Varones y Mujeres en el Mundo Laboral.

Contamos con un extenso listado de programas y políticas de empleo
desarrollados en estos últimos años, pero tenemos que recordar
que las inequidades subsisten en los hechos, que persiste la vergüenza
de la brecha salarial entre mujeres y varones para iguales trabajos.
Siguiendo el análisis de Sofía Rojo y Lucía Tumini, en ?Inequidades de
género en el mercado de trabajo de la Argentina?, sintéticamente se
podría decir que desde la década del 60 se desarrolla en Argentina un proceso de incorporación de las mujeres al mercado de trabajo,
vinculado a diferentes factores, entre ellos están el acceso a mayores
niveles educativos y las transformaciones culturales y económicas.
Este proceso fue avanzando gradualmente hasta los 80, acelerándose
durante los 90 asociado al aumento del desempleo y el deterioro de
los salarios reales de los jefes varones. Superada la crisis de los 90,
las mujeres mantuvieron las tasas de participación, es decir llegaron
al mercado de trabajo para quedarse. Sin embargo como resultado
de un mayor crecimiento en las ramas de actividad tradicionalmente
masculinas, la recuperación económica y laboral de las mujeres resultó
menos favorable.

Hacia el año 2007 se observó un mercado de trabajo con elevada
inequidad de género. El ingreso laboral de las mujeres es mayor que
el de los varones producto de una inserción laboral más precaria.

Desde un enfoque tradicional, las brechas salariales de género serían el resultado de una distribución inequitativa del capital educativo, que explicaría por qué las mujeres acceden menos al empleo de calidad y está peor remunerado. Sin embargo, el acceso a la educación no ha sido un elemento de quiebre de esta situación, ni ha cambiado significativamente los prejuicios y la cultura que todavía impide a las
mujeres obtener puestos de trabajo acordes con su mayor preparación formal.

Aquí no debemos olvidar el famoso ?techo de cristal? que tienen las
mujeres, expresión que remite a la existencia de un límite que se
vincula tanto con aspectos subjetivos como con políticas de empleo
con respecto al ingreso salarial en relación con el de los varones.

En el trabajo de los compiladores Marta Novick y Héctor Palomino ?Estructura productiva y empleo, un enfoque transversal?, se encuentra la publicación de Valeria Esquivel, que en sus conclusiones muestra los resultados visibles de la una inserción asalariada relativamente desventajosa para las mujeres. No sólo su salario horario observado es menor en promedio que el de los varones en la actualidad, sino que, ajustando por características personales asociadas a la productividad ?aquellas que, en teoría, son remuneradas por los
salarios? sus salarios horarios deberían ser mayores a los de los varones en los dos períodos bajo análisis. Este es un indicio cierto de
discriminación desfavorable a las mujeres.

Esta desventaja se podría explicar por las barreras al acceso a puestos
de calidad y paralelamente, el mercado de trabajo argentino evidencia
un proceso de segregación horizontal con consecuencias salariales
diferenciales. Las mujeres y los varones que trabajan en ocupaciones
más feminizadas obtienen un ?premio? salarial que en la actualidad es mayor para las mujeres, lo que continuaría atrayéndolas a estas ocupaciones. Este premio no logra compensar, sin embargo, el efecto
discriminatorio de la menor remuneración a sus dotaciones, que estaría detrás de la brecha salarial favorable los varones.

Cuando se trata de explicar la persistencia de la brecha salarial entre mujeres y varones, se suele señalar que el principal factor explicativo de esta diferencia en las remuneraciones entre varones y mujeres tiene que ver con la mayor incidencia de la economía informal en el empleo privado de las mujeres. Y las desigualdades en cuanto al trabajo informal se justifican casi en su totalidad por el alto número de mujeres que trabajan como empleadas domésticas en casas particulares, actividad que funciona bajo los parámetros de la economía informal en gran medida, y donde además, los salarios son muy bajos y no tienen cobertura social.

Para poder contextualizar esta situación a la realidad de la Provincia
de Salta se utilizó el Censo Nacional de Población, Hogares y Vivienda
de 2001, del cual se tomaron los siguientes datos:

De las mujeres de 14 años o más, según su condición de actividad
el 57% de las mismas se encuentran entre la población no
económicamente activa.

En relación al Cuadro Nº 2, se pueden realizar varios análisis, en
primer lugar decir que el 64% de la población activa son varones y
cuentan, en relación con las mujeres, con menor nivel educativo
alcanzado. Lo que más llama la atención es que por ejemplo si se
toma el sector público se evidencia que en el caso de las mujeres, el
43% de las empleadas cuentan con terciario o universitario completo,
en cambio en el caso de los varones sólo tienen ese nivel educativo
el 18% de los empleados del sector público.

En la categoría ?patrón?, el 71% son varones y se vuelve a apreciar
que en relación con las mujeres cuentan con menor instrucción.
Las inequidades de género que todavía persisten se pueden localizar
también en la falta de correspondencia entre los niveles educativos
alcanzados por las mujeres y la calidad ocupacional y nivel de salarios
que tienen, y en los obstáculos objetivos para acceder a puestos de
conducción y a sectores de actividad tradicionalmente masculinos.

Por ejemplo, en el caso del cuadro ?rama de actividad?, si se toman
servicios sociales y de salud en donde la mayoría son mujeres, sólo
el 40% de la categoría ?patrón? son mujeres. Es decir, en esta rama
de actividad en donde el 63% son mujeres, la mayoría de los
?patrones? son varones. (ver Cuadro Nº3)

De todas maneras una de las realidades más importante de las últimas
dos décadas del siglo XX y lo transcurrido del siglo XXI ha sido el
fenómeno de la incorporación de las mujeres al mundo del trabajo.

Es innegable que la evolución de la sociedad ha traído consigo una reestructuración de los roles de la familia tradicional con cambios notables en la actitud y comportamiento de sus componentes. La mujer no puede continuar desempeñando sola, la doble función de atender el
trabajo profesional y la familia o el hogar. Es imperativa una realidad
más justa hacia la mujer, a partir de una nueva distribución de las
tareas y obligaciones familiares entre los cónyuges, acompañado por
un compromiso más determinante de la sociedad en general.

La realidad nos muestra que las políticas de igualdad de género son
todavía un desafío pendiente, las desigualdades de género están
presentes en la mayoría de los sectores económicos. Tal como lo
define la OIT (2005), ?la integración de la perspectiva de igualdad de
género a través de políticas nacionales no puede ser realizada en sectores aislados como salud, educación o transporte. Un enfoque coherente de la igualdad de género requiere legislación y políticas integrales y articuladas que avancen hacia la igualdad de manera general.? 1

El interés concreto por superar las desigualdades entre los géneros,
ha crecido notablemente en el mundo en los últimos años. En
Argentina, las mujeres han experimentado importantes transformaciones que se reflejan en el aumento de la esperanza de
vida y en el mejoramiento general de los indicadores de salud, en
mayor acceso a mejores niveles de educación, en una mayor
participación y permanencia en el mercado laboral. Claro que estas
mejoras tampoco son homogéneas para todas, las mujeres urbanas
tienen ventajas por sobre las mujeres rurales, las de los sectores
medios y altos cuentan con mejores recursos que las de los sectores
pobres, por eso cuando avanzamos en el logro de condiciones de
trabajo dignas, de equidad entre los géneros y de igual salario por
igual trabajo hay que pensar en todas las que conforman el numeroso
colectivo de mujeres de Argentina.

Por lo mencionado hasta aquí queda claro que hablamos de discriminación, es decir de la persistencia de desigualdades amparadas
en la mera pertenencia a un sexo. Todavía persiste la idea de que el
ingreso de las mujeres es un complemento, y esto ocurre aun cuando
la familia no pueda sobrevivir sin este ingreso o que éste sea mayor
que el del hombre o que esa mujer sea Jefa de Hogar en una familia
monoparental.

Esto sigue ocurriendo, a pesar de los cambios que la sociedad ha
ido experimentando, en virtud de las luchas que han tenido a las
mujeres como protagonistas.

Así, aunque “igual remuneración por igual tarea” es un derecho de la
Constitución Nacional -Art. 14 bis-, la brecha salarial entre los géneros
persiste e incluso se hace mayor según el tipo de trabajo de que se trate
y según sector social al que pertenezca, su nivel educativo y capacitación.

En el mercado de trabajo las mujeres continúan segregadas a ciertas
ramas y categorías ocupacionales, relacionadas con su rol de madre y
cuidadora, y a puestos de menor jerarquía, prestigio y remuneración.
La igualdad de oportunidades entre mujeres y varones aplicada al empleotrata de conseguir una participación equitativa de varones y mujeresen el ámbito laboral evitando de esta manera el tratamiento
discriminatorio por razón de sexo y haciendo efectivo el derecho fundamental de toda persona a ser tratada en igualdad de condiciones.
Este reparto equitativo exige un cambio profundo en todas las personas
así como en las estructuras sociales y económicas. Para ello, los
organismos públicos deben promover medidas a través de las políticas
de igualdad de oportunidades que garanticen la participación equitativa
de varones y mujeres en la sociedad en general, y en el mercado de
trabajo en particular. De esta manera no sólo contribuirán a hacer real
un derecho fundamental de las personas sino que facilitaran la mejora
de la calidad y la organización del trabajo en general.

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1 OIT (2005) Igualdad de género y trabajo decente. Buenas Prácticas en el lugar de trabajo. Ginebra OIT. http:/wwwilo.urg/dyn/gender=docs/RES/432/F135982336/
Buen%20practiicas.pdf

Bibliografía

Giacometti, C. (2005) ?Las metas del Milenio y la igualdad de
género. El caso de Argentina?, Santiago de Chile, CEPAL UNIFEM.

Novick , Marta y Héctor Palomino (coordinadores) (2007). ,
Estructura productiva y empleo. Un enfoque transversal, Buenos Aires,
Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social.

OIT (2005) Igualdad de género y trabajo decente. Buenas Prácticas
en el lugar de trabajo. Ginebra OIT.
http:/wwwilo.urg/dyn/gender=docs/RES/432/F135982336/
Buen%20practiicas.pdf

Rodríguez Enríquez, Corina. Fases económicas y trayectorias
laborales. El rol de la fuerza de trabajo femenina. Ciepp, Centro
Interdisciplinario para el estudio de Políticas Públicas (2007).

Rojo Sofía y Lucia Tumini. ?Inequidades de género en el mercado
de trabajo de la Argentina. En Revista de trabajo, Año 4, Número 6,
Año 2008.

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*Las mujeres y el Bicentenario / coordinado por María Silvia Varg.
1a ed. – Salta : Mundo Gráfico Salta Editorial, 2010.

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