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El neointegrismo religioso frena luchas feministas en Centroamérica

Con un discurso conservador y estratégico, el neointegrismo religioso ha logrado insertarse en el accionar de los estados, siendo una barrera para el avance de las luchas feministas.

A esta conclusión llegó la socióloga y especialista en temas de género Montserrat Sagot, durante la conferencia ?Un paso adelante y dos atrás: la tortuosa marcha del movimiento feminista en la era del fascismo social y el neointegrismo en Centroamérica?, efectuado el 17 de octubre en la Universidad de Costa Rica (UCR).

Esta tendencia se basa en utilizar la religión con fines políticos, pero sin hacer referencia a la Biblia, sino a lenguaje propio de derechos humanos, conceptos legales y científicos.

Sagot, directora de la Maestría en Estudios de la Mujer de la UCR, explicó que el neointegrismo es más difícil de combatir que el fundamentalismo, y ha encontrado espacios dentro del campo político.

Sin importar la corriente ideológica de los gobiernos, esta concepción se inmiscuye para que se tomen decisiones basadas en el implícito dogma religioso. Sucede en El Salvador y Nicaragua, donde partidos de izquierda están en el poder, así como en Costa Rica, donde comanda la derecha.

De esta forma, se oponen férreamente al avance en derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, como en la despenalización del aborto o la fecundación in vitro. Por ejemplo, la profesional mencionó que para oponerse a la interrupción del embarazo o la FIV, hacen referencia a acuerdos como el Pacto de San José, para defender su posición de que la vida inicia al momento de la fecundación, y que no se aprueben estas técnicas.

Este neointegrismo religioso también discrimina a las personas sexualmente diversas cuando exigen igualdad de derechos, por ser catalogadas como distintas a lo tradicional. ?Cualquiera que se salga del binarismo de género y la familia tradicional es considerado como indeseable?, manifestó.

La socióloga opinó que las feministas se enfrentan a una realidad muy compleja para llevar sus ideales hacia adelante. Las instituciones comienzan a apropiarse del discurso y planteamiento feministas, pero lo acomodan a su lógica e intereses. Así, las políticas de igualdad y violencia ocupan un lugar marginal dentro de los programas de gobierno. A su vez, las cuotas de participación en puestos de elección popular han colocado a mujeres conservadoras y obedientes a los hombres de sus partidos políticos, perpetrando el patriarcado.

El neointegrismo religioso se une con otro concepto, el fascismo social, término acuñado por el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos, que engloba un conjunto de comportamientos y acciones que promueven la segregación de las personas excluidas, a modo de apartheid social, buscando una profunda división de clases, incluso evitando el contacto entre estas.

El fascismo social llega a colocar la democracia a favor de intereses capitalistas, mientras los estados observan como testigos complacientes. Es amparado por un proyecto neoliberal que no solo se sostiene de pilares socioeconómicos, sino también socioculturales.

Sagot resaltó que en medio de estas condiciones, el autoritarismo, pobreza y violencia aumentan, y las mujeres tienen la carga más dura.