Brasil

El impeachment es un golpe de Estado

A esta altura no puede caber ninguna duda que detrás del llamado impeachment brasilero se esconde un golpe de estado para ungir en el poder a una alianza conformada por una fracción que hasta no hace tanto operó como aliada del gobierno de Dilma Rousseff, junto a sectores opositores tradicionales. El vicepresidente de la Nación, Michel Temer, y el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, han operado a la luz pública para reunir los votos necesarios que requiere el inicio del juicio político.golpe estado blando

Aunque Dilma seguirá en el gobierno hasta que el Senado por mayoría simple confirme la votación de Diputados, la suerte parece estar echada. Una vez que esto ocurra –será en unos 15 días- el vicepresidente Temer ascenderá a la presidencia de la República.

La votación en Diputados presentó un espectáculo simplemente circense. Como relató por twitter un cronista de TN presente en el lugar, de los 513 diputados sólo 100 podrían mostrar un legajo no manchado por la corrupción; a 10 de ellos les cabe directamente la calificación de asesinos. Esto explica que el pedido de juicio político contra la presidenta se base en denuncias sobre las llamadas “pedaleadas”, es decir el maquillaje de la cuentas públicas y la creación de partidas presupuestarias sin autorización del Congreso para esconder el déficit. Se trata de una práctica común, a la cual también recurrió en el pasado el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, quien a pesar de ello se encontró entre los principales promotores del impeachment.

Aunque pueda resultar llamativo, no figuraron entre los cargos contra Dilma las denuncias de corrupción que envuelven a Petrobras y a su red de contratistas y constructoras. La omisión tiene una explicación: los diputados que votaron el impeachment cargan sobre sus espaldas con denuncias comprobadas sobre estos hechos. La lista la encabezan el presidente de la Cámara de Diputados, Cunha, que se encuentra en rebeldía con la Justicia al no presentarse amparándose en los fueros, e incluso alcanzan hasta el vicepresidente Temer. Existen fundadas razones para aseverar que la premura para votar el impeachment responde al interés de asegurar su propia impunidad.

El volumen de la votación favorable al impeachment superó todos los pronósticos. Los 367 votos superaron con creces los 342 (dos tercios) necesarios para aprobar la moción. Los medios de prensa difundieron que los diputados que estaban en duda se volcaron a favor del juicio político debido a la presión ejercida por empresarios poderosos. Es que la clase capitalista brasileña trabajó abiertamente a favor del impeachment. Un dato decisivo fue el pasaje al campo del golpismo de la burguesía industrial de San Pablo, otrora una base social del gobierno del PT, que está siendo arrasada por la competencia de China, especialmente en el campo de las grandes siderúrgicas.

A pesar de que el golpe en marcha pretende enarbolar las banderas de la lucha contra la corrupción, la clase capitalista lo apoya para luego frenar los procesos que alcanzan a innumerable cantidad de grandes empresarios. El principal de todos, Odebrecht, actualmente en prisión, se ha sumado a la llamada “delación premiada” para reducir su pena y blindar a la empresa de las consecuencias patrimoniales que traerá la revelación de las coimas pagadas. La función de un gobierno de Temer será frenar estas investigaciones, que ponen en jaque al régimen político brasileño y a la propia clase capitalista.

La derrota parlamentaria de Dilma es la expresión política de la bancarrota económica en la que se encuentra Brasil. La deuda pública alcanza el billón de dólares, lo que equivale al 80% del PBI. La deuda privada ronda los U$s 300.000 millones. La otrora joya del capitalismo brasilero, Petrobras, concentra una deuda de U$s 150.000 millones, en momentos en que su capital accionario se redujo en un 80% -U$S 10.000 millones en el último trimestre del año pasado. La alternativa de recurrir al rescate de China puso en alarma a la burguesía paulista, que ve el peligro de su propia liquidación. Para esta “burguesía nacional” la salida pasa por la entrega de Petrobras al capital internacional. El gobierno de Dilma dio pasos en ese sentido, al autorizar las concesiones de los yacimientos pre-sal, eliminando la exclusividad que ten&i! acute;a Pretrobras para explotarlos. Pero se trató de una medida tardía y a medias. El objetivo de los golpistas es pasar directamente a un sistema de concesiones a los monopolios privados internacionales, y desarmar la red de contratistas con la que el PT quiso “reconstruir la burguesía nacional” –el mismo planteo de Kirchner para crear el emporio de los Lázaro Báez y cía.

Junto con esta lucha despiadada por la propiedad y los negocios, la clase capitalista reclama un ajuste brutal contra los trabajadores. Está en juego una contra-reforma laboral, decenas de miles de despidos y un ajuste del gasto social estimado en U$s 40.000 millones de dólares. Todas las previsiones hablan de una nueva caída del PBI para este año y el siguiente, como consecuencia de la fuga de capitales, el retroceso del precio del petróleo, el derrumbe del consumo apalancado por el crédito, y una crisis bancaria en ciernes.

Mediante el impeachment, la burguesía y el imperialismo quieren instalar un gobierno de ajuste directo contra los trabajadores, pero nada indica que estén reunidas las condiciones políticas para ello. Un gobierno de Temer y Cunha, acosado por denuncias de corrupción en su contra, deberá probar su capacidad de derrotar a la principal clase obrera de América Latina. Las encuestas de opinión muestran el elevadísimo repudio que todos los partidos políticos tienen en el conjunto de la población.

La derrota sufrida por el PT en la Cámara de Diputados mostró que durante 4 mandatos consecutivos operó mediante un cogobierno con fuerzas de derecha y descompuestas, empezando por el partido más corrupto de Brasil, el PMDB. Que no haya podido reunir el tercio de votos necesarios para impedir el impeachment es una muestra categórica de este cogobierno. Quienes en el pasado le reclamaban al Partido Obrero y a la izquierda argentina que sigan el ejemplo de “construcción de poder” del PT ahora deberán hacer un balance de fondo. La corruptela generalizada con empresas como Odebrecht, y las alianzas con los Temer y Cunha, han conducido a una derrota bochornosa al Partido de los Trabajadores de Brasil.

Macri podrá festejar el resultado de la votación en el Congreso de Brasil. Es sabido que en la reciente visita de Obama, el tema ocupó el primer lugar de la agenda. Pero no debe festejar por anticipado. La bancarrota económica y política de Brasil responde a una quiebra capitalista internacional que envuelve también a la Argentina. Brasil expresa no solamente la declinación bochornosa del PT, sino a una crisis de régimen que envuelve al conjunto de sus partidos y a su organización.  Pero ni los trabajadores de brasileños ni los argentinos han dicho su última palabra. Lo más importante aún está por venir.

Congreso de Trabajadores

La izquierda brasileña no ha jugado un rol político independiente en la crisis, oscilando entre una disolución en el PT y el planteo de nuevas elecciones (PSTU, Luciana Genro) levantado por sectores de la oposición. Este planteo, inclusive, podría ser recogido por el PT en caso de una asunción de Temer. No implica ningún avance en la conciencia de los explotados.

Planteamos un Congreso de los Trabajadores,  electos en lugares de trabajo y en asambleas, que discuta una salida para el país, y para que la clase obrera emerja como factor político independiente.

 

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