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A los 87 años, fue hallado sin vida en la celda del penal de Marcos Paz donde cumplía la pena de reclusión perpetua

El genocida Videla murió en la cárcel, condenado por sus crímenes

Fue el brazo ejecutor del régimen de terror cívico-militar que se instaló en la Argentina para instaurar un modelo económico neoliberal que destruyó la estructura social del país. Tenía tres condenas y una docena de procesos en marcha. Nunca aportó datos sobre el destino de los desaparecidos.videla

Con tres condenas por delitos de lesa humanidad y en una celda común del penal de Marcos Paz. Así murió ayer el dictador Jorge Rafael Videla, el último sobreviviente de la Junta Militar que el 24 de marzo de 1976 dio inicio a la más feroz represión del Cono Sur con la que se instauró en la Argentina un régimen económico neoliberal que destruyó a las organizaciones populares y fomentó un modelo social basado en el terror.
La noticia de su muerte comenzó a circular desde temprano y fue confirmada más tarde por el Servicio Penitenciario Federal. «Se lo encontró en su celda sin pulso ni reacción pupilar», señaló en un comunicado y confirmó el fallecimiento de manera natural, en su celda del Módulo 4 del Complejo Penitenciario Federal Nº 2 de Marcos Paz, a las 8:25 de ayer.
La causa por su muerte recayó en el juez federal 3 de Morón, Juan Pablo Salas, quien dispuso que se practique la autopsia en la Morgue Judicial del Cuerpo Médico Forense de la Capital Federal, una práctica rutinaria en las muertes que ocurren en unidades penitenciarias.
La muerte del dictador (de 87 años) se produjo apenas tres días después de que declarara como imputado en el juicio oral que se le sigue por los crímenes del Plan Cóndor, donde ya se lo había visto desmejorado y con dificultad para caminar (ver aparte).
La repercusión de su fallecimiento se dio de manera inmediata entre los organismos de Derechos Humanos, las organizaciones sociales, la dirigencia política y los funcionarios del gobierno nacional.

«Videla murió juzgado, condenado, preso en una cárcel común y repudiado por todo el pueblo argentino», señaló el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, a través de Twitter. También el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Martín Fresneda, dijo: «No celebro la muerte de nadie, sí consagro una Argentina que ha sabido conseguir justicia. Celebro que se ha podido juzgar al principal responsable del genocidio en el país antes de su muerte.»
En conferencia de prensa desde la sede de Abuelas de Plaza de Mayo, su titular Estela de Carlotto manifestó «alivio» porque «deja la faz de la tierra un hombre deshumanizado, sin escrúpulos para idear un plan de exterminio» y destacó que hasta último momento se quiso mostrar como víctima y como un preso político.
Una de las primeras en referirse al tema en las redes sociales fue la militante Cecilia Pando, quien confirmó la noticia y pidió para él «justicia divina», aunque muchas veces cuestionara la justicia terrestre, esa que lo llevó a estar preso y condenado.
Jorge Rafael Videla nació en la localidad bonaerense de Mercedes el 2 de agosto del año l925. Su madre fue María Olga Redondo y su padre Rafael Eugenio, también militar, quien llegó a ser jefe del Regimiento de Mercedes e interventor militar de la localidad con el golpe de Estado de 1943, una herencia de la que Videla no se alejaría.
A sus 17 años, el joven Jorge Rafael ingresó como cadete al Colegio Militar, en 1942, donde comenzaría una carrera que le permitiría llegar al máximo grado militar como teniente general y nombrado por la presidenta María Estela Martínez de Perón como Jefe del Ejército.
«Como militar no era destacado y llegó por descarte cuando deciden dar el golpe de Estado. Fue un candidato de transición del ala dura del Ejército, que representaban Guillermo Suárez Mason y Luciano Benjamín Menéndez», señaló el coronel retirado José Luis García, quien integra el Centro de Militares para la democracia Argentina (CEMIDA).
García compartió con el dictador el Colegio Militar y los viajes de vuelta a Luján, a su casa familiar, mientras Videla seguía hacia Mercedes. También integró con él el Estado Mayor del Ejército antes de la Revolución Libertadora.
«Como militar, Videla era regular, no se destacaba», recordó de manera crítica García, quien consideró que para el Ejército, Videla «es un estigma» porque «no tuvo la decencia ni el valor de decir dónde están los desaparecidos, los arrojados al mar, ni estos chicos entregados, y así saldar su cuenta con la sociedad». «Creo que murió como había vivido, un hombre que ocultaba su figura poco transcendente en su hermetismo, y que escondía su falta de carácter», concluyó.
El 24 de marzo de 1976, Videla llegó al poder con Emilio Massera y Orlando Agosti, la Junta Militar que se sostuvo hasta 1981. «Nuestro objetivo era disciplinar a una sociedad anarquizada. Con respecto al peronismo, salir de una visión populista, demagógica; con relación a la economía, ir a una economía de mercado, liberal. Queríamos también disciplinar al sindicalismo y al capitalismo prebendario», resumió recientemente en una entrevista con el periodista Ceferino Reato sobre el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional.
Siguiendo la doctrina francesa de  «guerra antisubversiva», la dictadura persiguió, secuestró, torturó y despreció a quienes consideraba opositores políticos así como a cualquiera que no cumpliera con sus ideales occidental y cristiano.
«Frente al desaparecido en tanto esté como tal, es una incógnita», dijo Videla en una recordada conferencia de prensa en 1979, cuando a pesar de la clandestinidad de la represión, la dictadura recibía cuestionamientos internos y externos por las violaciones a los Derechos Humanos. «Un desaparecido no tiene entidad, no está… ni muerto ni vivo, está desaparecido», definió con frialdad (ver pag 13).
Los crímenes de Videla comenzaron a ser juzgados con la vuelta de la democracia pero los vaivenes en la política de Derechos Humanos de los distintos gobiernos trazaron un camino judicial irregular, con condenas, indultos y entradas y salidas de prisión. Al día de su muerte, Videla cargaba a cuestas tres condenas judiciales.
La primera y la única confirmada fue en el Juicio a las Juntas en 1985, cuando se lo declaró culpable por secuestros, tormentos, homicidios y desapariciones. La sentencia fue de reclusión perpetua, el genocida fue enviado a prisión, y un año después la Corte Suprema confirmó el fallo.
Sin embargo, sólo cumplió cinco años de esa condena gracias a que en 1990 el entonces presidente Carlos Menem lo indultó para «pacificar» al país. Recién en 2010, cuando la Corte Suprema dictaminó la inconstitucionalidad de esos indultos, la condena del juicio a las juntas volvió a quedar firme.
Los aires de impunidad no le durarían mucho tiempo. Seis años después de quedar libre, en 1996 Abuelas inició la causa por el Plan Sistemático de Robo de Bebés, uno de los crímenes que no habían sido incluidos en las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Por esa denuncia, en 1998 volvió a prisión, aunque sólo por unas semanas hasta que le dictaron el beneficio de la prisión domiciliaria en su departamento de la Avenida Cabildo en el barrio de Belgrano.
Tras la derogación de las leyes de impunidad y la nulidad de los indultos, el apellido Videla comenzó a aparecer en nuevas causas por delitos de la última dictadura. en ese contexto, en 2008 el juez Norberto Oyarbide eliminó su beneficio de prisión domiciliaria y lo envió a la Unidad 34 de Campo de Mayo. Luego, por la lucha de los organismos de Derechos Humanos, pasó a la cárcel de Marcos Paz.
Recién en 2010, 25 años después del Juicio a las Juntas, fue condenado nuevamente a prisión perpetura por el Tribunal Oral Federal 1 de Córdoba por el fusilamiento de 31 presos políticos de la Unidad Penitenciaria 1. La sentencia se sumó a la pena de 50 años de prisión por el Plan Sistemático de Robo de Bebés en 2012, cuando el Tribunal Oral Federal 6 lo consideró uno de los responsables máximos de las cientos de apropiaciones durante la última dictadura que dieron por probadas en la causa.
Con su muerte, el genocida Videla resultará sobreseído en las numerosas causas que tenía pendientes, pero jamás evitará la condena de la historia, esa que hizo que ayer, al conocerse la noticia, apenas un puñado de personas haya sentido pena por él.  «

 Imagen : www.eldía.com.ar