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Alejandro Fara/Puntal.com.ar

DENUNCIA DE ABUSO EN LA IGLESIA: EL VÍA CRUCIS DEL CHICO DEL CAMPANARIO

En 2013, el Obispado de Río Cuarto montó un tribunal eclesiástico por la grave acusación contra un cura. El episodio también llegó a la Justicia pero, ni en uno ni en otro lado, avanzó. Hoy, el sacerdote da misas en la ciudad y el denunciante, por primera vez, expone públicamente los padecimientos que vivió mientras fue ayudante de una parroquia.

Imagen : Revista Anfibia

Es el filo de una medianoche de comienzos de septiembre y el hilo de voz que se oye del otro lado de la línea suena imperioso y desgarrador:

-Necesito que por favor me escuche…Sufrí algo espantoso…Estoy destruido….De una vez por todas esto se tiene que saber.

Quien habla está conmocionado, se esfuerza por soltar un torrente de información como si quisiera exorcizar un dolor enquistado, pero tropieza una y otra vez con las palabras.

-Me llamo Mauricio… Mauricio Ruybal -balbucea con el tono más angustiado que se pueda tener, antes de cortar.

Dos meses después de aquel primer contacto, luego de una decena de encuentros cara a cara, a Mauricio Ruybal se lo podría definir con una sola frase: es un gigantesco vórtice de dolor.

Eso resume su padecimiento de hoy; la necesidad de acudir una vez por semana a un psicólogo; su incapacidad de emprender cualquier otra actividad que no sea rumiar el bocado indigerible que lo tiene detenido en el tiempo, desde el oprobioso martes de mayo de 2012.

Las cartas vinieron revueltas para Ruybal, desde la primera mano. Hijo de un padre golpeador, ludópata y abandónico, la figura paterna se le desdibujó con el paso de los años. “Nos pegaba”, “le pegaba a mi vieja”, “se timbeó todo en el casino de Mercedes”, dice el rostro delgado con una barba larga y tupida, tirando a rojiza.

De Villa Mercedes también era el primo que le dio el primer mazazo a traición. Lo abusó desde los ocho a los diez años. Regresar a ese lugar de su psiquis es escarbar terreno devastado. El rostro se le congestiona, la mirada clara se le inunda. Da una larga calada que hace crepitar la brasa del cigarrillo entre sus dedos flacos.

Stop, reclaman, por fin,  los ojos celestes.

Entre tanta materia inflamable, entre tanta zona frágil hay un pequeño oasis en la personalidad de Ruybal, una determinación que nace vaya a saber de dónde y que lo lleva a huir de las miradas compasivas. “No quiero que me vean como una víctima, detesto ser objeto de lástima. Sólo quiero que se sepa la verdad para que los que me hicieron esto lo paguen con la cárcel”.

Sabe que la cuesta es empinada: ni desde la jerarquía de la Iglesia ni desde la Justicia llegaron a una sanción o a la imputación de un delito. “Aunque sea lo último que haga, voy a lograr que me escuchen”, se juramenta.

Ruybal nació en Marcos Juárez el 20 de octubre de 1979. A los 30 años quedó entrampado en la droga hasta que conoció al padre Ignacio de Rosario. Una de sus misas sanadoras, dice, lo ayudó a salir de la adicción.

Hasta entonces era un católico de bajas calorías: comunión a la edad reglamentaria, misas de cuando en cuando, pero lejos estaba de ser un católico practicante.

Un amigo lo invita a ir a una misa en Colonia Italiana, un caserío recostado a dos kilómetros de Corral de Bustos. Fue a fines de 2011. “Al terminar la misa decidí ir a hablar con el cura, en dos minutos le cuento mi vida, bah, es un decir ¿no? Que estaba agobiado física y mentalmente, que mi trabajo era cuidar a mi abuelo, que acababa de tener un ACV. Le cambiaba los pañales, lo bañaba…”.

Después de cerciorarse de que Mauricio vivía en Corral de Bustos, el sacerdote le dijo que estuviese atento, que lo estaría llamando. “Al día siguiente me citó a su casa y hablamos un montón sobre mi vida”.

En enero de 2012, el cura vuelve a telefonear a Ruybal para decirle que la comisión parroquial de Corral de Bustos había decidido contratarlo en tareas de mantenimiento: ocho horas diarias, a cambio de un sueldo de 3.500 pesos era el trato.

“Acepté con gusto”, dice, sin sospechar lo que eso implicaría.

Las ocho horas pactadas se estiraban cada vez más. “Había días que necesitaba que tuvieran 26 horas para cumplir con todo: le limpiaba la pileta de natación al cura, le llevaba recados, ponía el Ford Falcon de mi abuelo para hacer los mandados que me encargaba, acondicionaba la parroquia para las misas, sólo me faltó dar un responso”.

Las exigencias iban en aumento y el sueldo prometido, a los dos o tres meses quedó en eso: una promesa.

“De un día para el otro me dijo que no podía pagarme más. Me propuso que siguiera trabajando y que a cambio me asignaría una de las dos casas que estaban libres de un plan de vivienda que estaba proyectando Cáritas. ¡Hasta me mostró el mapa con las casas! Le dije que sí. Estaba feliz porque eran esos planes en los que la gente se construye su casa sin saber cuál te va a tocar para que todos pongan el mismo empeño”.

Un día, el padre le asignó una tarea de riesgo: le dijo que tenía que encargarse de limpiar el campanario de la iglesia Nuestra Señora del Rosario, que estaba colapsado por las palomas.

Lo mandó a comprar veneno a una forrajería de la ruta 11 para colocarlo en el campanario. “Al veneno lo compré, pero no lo puse. El nunca lo supo”.

Como las palomas seguían incordiando al cura, le ordenó a Ruybal que por la noche subiera al campanario con una bolsa de consorcio y atrapara todas las que pudiera, aprovechando que estaban encandiladas por los reflectores laterales.

“Esa noche, cuando volví con las palomas que había podido atrapar, le pregunté si las llevaríamos al campo, pero él tomó la bolsa, se encaminó hacia la pileta y la sumergió. Me quedé helado”.

Las palomas seguían yendo al campanario. Ahora, el cura le pidió a Ruybal que se contactara con un criador de aves de la ciudad y se las ofertara. A Mauricio lo abochorna el recuerdo. “Caí a ese criadero y el hombre no sé si me ofreció 5 pesos por paloma, o menos”.

El campanario de la Iglesia Nuestra Señora del Rosario está a unos 25 metros de altura. Para limpiarlo Mauricio trepó hasta la cima con la ayuda de una escalera. Sin arnés y sin barbijo. Subió  y bajó unas cuarenta veces por el estrecho pasadizo para poder descargar baldes completos de excrementos de palomas. Recuerda que en uno de los trayectos se resbaló y a punto estuvo de caer al vacío. El hombre flaco, con cara de vikingo, sacude la cabeza de lado a lado.

Arriesgada y humillante, aquella experiencia le valió el mote con el que algunos empezaron a reconocerlo en Corral de Bustos: el chico del campanario.

Empleado todoterreno y cama adentro, Ruybal vivía bajo el mismo techo que el sacerdote, en una vivienda pegada a la parroquia San Roque.  El maestranza tenía asignada una habitación con una cama de dos plazas, la misma que esporádicamente ocupaba el entonces obispo de Río Cuarto Eduardo Martín, cuando visitaba la zona. El sacerdote a cargo de la parroquia San Roque dormía en una habitación cercana, en una cama de una plaza.

Ruybal no tardó en advertir movimientos sospechosos de gente en la casa. Los encuentros nocturnos y las peñas de los jueves eran habituales, y por el lugar, dice, desfilaban hombres que pasaban a la habitación del cura a hacerse masajes, un eufemismo que Ruybal traduce: “Iban a tener sexo con el sacerdote, eran tipos casados que de día invitaban al cura a almorzar junto con sus esposas y de noche tenían relaciones con él”.

Hasta ese martes que tiene marcado a fuego, Ruybal no había tenido ninguna insinuación de parte del sacerdote.

Con el paso de los días, se acostumbró a hacer la vista gorda con la ilusión de que la conducta del sacerdote cambiara. “Lo cubría cuando se ausentaba y la gente preguntaba dónde estaba. Un día hubo un velorio y tuve que ir a buscar un cura de otro lado porque la gente se empezaba a impacientar y él no llegaba”.

Ruybal no recuerda la fecha exacta, sólo sabe que era un martes de mayo de 2012 porque ese día de la semana debía presentarse a trabajar al colegio José Manuel Estrada, del que el sacerdote era director. En lugar de ir al Estrada, el chico del campanario caminó un kilómetro hasta la gruta de la Vírgen de la Merced, un sitio calmo donde solía encontrar sosiego cuando la angustia lo atenazaba.

Ese día, los fantasmas del primo que lo abusó de niño no lo dejaban en paz. Ruybal no podía parar de llorar. En medio de la crisis, lo llamó el sacerdote.

“Calmate, venite para casa, ahí aviso al colegio que no vas a poder ir”, lo consoló.

Cuando regresó, el cura lo amonestó. “Hay algo que vos no me contaste ¿cierto?, me dice. Entonces le relato lo del abuso de mi primo, y él me dijo que me haría una cura de sueño. Me dio algo de tomar, nunca supe qué, sólo sé que me despierto en el cama del sacerdote, casi a medianoche, voleado, con un sabor horrible en la boca y con el cuerpo todo pegajoso”.

El relato de Ruybal trastabilla como la primera vez. En un encuentro posterior, completa la escena: “Me despierto en la cama de una plaza de él. No entiendo nada, tengo el cuerpo sucio, estoy desnudo y siento un olor nauseabundo. ¿Qué me pasa?, digo, y el cura me contesta: ‘Quedate tranquilo, soy yo’. Está acostado detrás mío, desnudo, su cuerpo contra mi cuerpo”.

Esa noche no estaban solos; el cura que entonces trabajaba en Arias se había quedado a dormir en otra habitación de la casa. A los pocos minutos, esa persona también entrará en escena.

Ruybal fue llevado semiconsciente al baño por el sacerdote que vivía con él. “Intenta meterme bajo la ducha, el agua está hirviendo y yo me agarro de la cortina y me caigo junto con el barral. Entonces él le pide ayuda al cura de Arias y lo llama por el nombre. “Ayudame que se me cae”. Llega en el acto, y cuando lo ve desnudo, a su amigo le lleva la mano a la ingle y le dice, “el tatuaje…el tatuaje”. Entonces le presto atención, era un tatuaje chico… dos o tres centímetros habrá tenido”, evoca Ruybal.

Relata que le pusieron sal gruesa en la cabeza y lo llevaron a la habitación contigua a la del cura párroco. Allí volvió a dormirse. A la madrugada, aún obnubilado, intentó abrir la puerta de la habitación y estaba con llave. Regresó a la cama y horas después, cuando ya había recuperado el control sobre su cuerpo, la puerta estaba entornada y salió al patio.

Mauricio Ruybal dice que nunca habló con el cura sobre lo que pasó esa noche. Transcurrió un año antes de que Ruybal reuniera coraje para contarlo en el Obispado de Río Cuarto.

Este grave episodio que, por primera vez, se da a conocer públicamente, Ruybal lo denunció a posteriori en la Fiscalía de Corral de Bustos, cuando advirtió que en la curia no le daban crédito a sus palabras.

En 2013, la fiscalía estaba a cargo de un riocuartense: Gustavo Zuchiatti. Los lugareños todavía recuerdan el revuelo que armó la inspección que el fiscal ordenó en la casa del cura sospechado. “Había pasado un año, no encontramos nada, si hubiese sido inmediata la denuncia tal vez la cosa hubiera cambiado”, reflexiona a la distancia el funcionario, ahora retirado de los Tribunales.

Silenciado el escándalo, los protagonistas de esta historia siguieron con sus vidas, salvo Ruybal, que apenas puede con su pena.

Actualmente, el sacerdote acusado imparte misas todos los domingos en una parroquia de Río Cuarto y cumple funciones en el mismo Obispado donde fue acusado. Su función es actuar como “defensor del vínculo” cuando los fieles piden la disolución del matrimonio por Iglesia, según informó el secretario del obispo, el padre Lisa.

El cura que estaba destinado en Arias y que habría sido testigo de la noche que evocó Ruybal, fue enviado al año siguiente a Estados Unidos, pese a que el chico del campanario dijo haberle rogado al obispo Martín y al vicario judicial Dante Simón que no le permitieran salir del país.

Mauricio Ruybal, a sus 39 años, ahora vive en Río Cuarto, en una casa alquilada que a duras penas puede pagar. Coiffer de profesión, no encuentra fuerzas ni voluntad para dedicarse a la peluquería y cerró su local. Con la ayuda de un tratamiento psicológico intenta reponerse. El profesional que lo asiste, el psicólogo Fernando Amaya, le diagnóstico un estrés postraumático producto de una experiencia sumamente nociva y recalcó: “Su relato es congruente y verosímil, no hay nada que nos haga sospechar que hay tendencia a la fabulación”.

La decisión de Mauricio Ruybal fue preservar los nombres de los sacerdotes implicados en su testimonio. Pero las señas particulares de los curas no son un secreto  para la jerarquía eclesiástica de la provincia de Córdoba ni para el actual fiscal de Corral de Bustos, Pedro Guerra, que hoy tiene en sus manos la causa largamente silenciada.

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