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Lavado de dinero y corrupción

¿De qué hablamos cuando hablamos de corrupción?

La “corrupción”, especialmente la referida a la esfera del poder público, se encuentra en el centro del debate. Todos los días los medios masivos de difusión nos bombardean con las últimas novedades acerca de las andadas del truhán de turno: la presidenta constitucional de Brasil es separada de su cargo alegando denuncias de corrupción (que no son tales) y la “lucha contra la corrupción” es presentada como uno de los tres objetivos centrales del actual gobierno.lavado y corrupcion

Entre tanta invocación irreflexiva, existe el riesgo de que se pierda el sentido específico de lo que queremos decir cuando hablamos de corrupción. ¿Acaso podemos darle el mismo nombre a las prácticas comerciales – propias un “capitalismo de amigos” – que involucran a figuras como Lázaro Baez con figuras del gobierno anterior (y, aparentemente, también del actual) que, por nombrar un ejemplo, la distribución de sobornos a numerosos legisladores a cambio de su voto afirmativo sobre la Ley 25.250 de Reforma Laboral?

¿Podemos llamar del mismo modo a quién omite mencionar la propiedad de empresas offshore en la Declaración Jurada que debe prestar con arreglo a su carácter de funcionario público como a quien reasigna partidas presupuestarias sin previa consulta del Poder Legislativo? Cuando utilizamos la misma palabra para referirnos a cosas que resultan disímiles, tanto por los efectos que tienen sobre la mayoría de la población como por las lógicas políticas en las que acontecen, puede suceder que terminemos oscureciendo más de lo que aclaramos. Esto está sucediendo cuando se habla de la corrupción. Veamos.

La definición más difundida de corrupción se remonta a la Antigua Grecia y proviene de Aristóteles, según el cual, esta se refiere a “los gobernantes, que se reparten entre sí la fortuna pública contra toda justicia; que conservan para sí solos la totalidad o, por lo menos, la mayor parte de los bienes sociales; que mantienen siempre el poder en las mismas manos y ponen la riqueza por encima de todo lo demás”.En esta definición se basan los trabajos de organismos internacionales como el FMI y el Banco Mundial que, curiosamente, suelen enfocarse exclusivamente en el Estado; reproduciendo una mirada que -como sostiene la politóloga mexicana Irma Sandoval Ballesteros – tiende a identificar la corrupción con la expansión de la esfera pública, sin analizar las prácticas corruptas que puedan estar desarrollándose en el ámbito privado o, con mayor probabilidad, en la intersección entre lo público y lo privado.

La definición aristotélica se desprende de su filosofía política según la cual la clase gobernante debía poseer una suerte de virtud cívica que se denominaba areté. Esta permitía poner los intereses de la comunidad por encima del interés personal a la hora de dirigir los destinos de una sociedad. La areté era la condición de posibilidad para que una forma de gobierno fuera  pura, en oposición a los gobiernosimpuros de líderes que carecían de esta virtud.

Esta definición es de carácter moral: la corrupción o no corrupción de un gobierno está dada por las características personales de quienes gobiernan, lo cual es congruente con la alta consideración que Aristóteles tenía hacia la aristocracia, la cual consideraba como la mejor forma de gobierno. Pese a tener miles de años de edad, el concepto goza de buena salud: no es poco común que el debate acerca de la corrupción se reduzca a la discusión sobre si tal o cual dirigente es honesto o corrupto; en estas pampas es clásica la distinción entre quienes “roban pero hacen” y quienes son honestos pero “no saben gobernar”.

La socióloga e investigadora del CONICET Paula Boniolo sostiene que la corrupción es entendida como una transgresión ética. Es decir que él o la dirigente que es señalado como corrupto cae en desgracia frente a la opinión pública como alguien que transgredió. Más que una norma vigente (la “corrupción” remite a acciones legales e ilegales, de características muy diversas), una suerte de “código de conducta” moral. Pero la corrupción, por lo menos la corrupción política, no es un fenómeno moral, es apenas un síntoma, un rasgo visible, de un entramado de relaciones sociales y políticas muy complejo, en donde las categorías de lo moral dan una respuesta fácil y rápida, que tranquiliza las conciencias pero que lejos está de desentrañar los secretos de este mecanismo tan misterioso como recurrente.

Si la corrupción se explica pura y exclusivamente por la falta de moral de “los corruptos”, ¿por qué elegimos, como sociedad, a dirigentes que una y otra vez defraudan nuestra expectativa de honestidad? ¿Acaso no eran corruptos antes de llegar al poder? ¿O eran, pero no lo sabíamos? ¿No será -como propone otro sociólogo argentino, José María Simonetti- que la corrupción es un fenómeno social,inherente al funcionamiento del poder?

La corrupción, como la delincuencia, es una temática que nos acerca al debate político y, en ese sentido, es sano que se ponga en discusión. Tenemos derecho a saber qué se hace con nuestro dinero (léase, el dinero público recaudado mediante impuestos), como parte de nuestros derechos democráticos como pueblo. Las respuestas fáciles, que apuntan a cerrar la discusión antes de que esté realmente abierta, buscan desviar nuestra atención de los problemas de fondo. Seamos desconfiados, entonces, cuando nos digan que “una manzana podrida pudre el cajón”: puede que nos estén queriendo vender fruta podrida.

 

Imagen : lagranepoca.com