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Cuba : enfermar de vida cotidiana

La Habana, marzo.- Las mujeres cubanas tienen una esperanza de vida de 80 años, viven más que los hombres y fallecen, fundamentalmente, por enfermedades crónicas no trasmisibles.

Eso significa que, en general, ellas gozan de buena salud y han experimentado avances en la atención a sus enfermedades. Pero también padecen y mueren, junto a los hombres, “de vida cotidiana”, como lo han dado en llamar especialistas para referirse a estilos y formas de vida que marcan culturalmente e inciden en la salud.

“Los roles tradicionales de género influyen en la distribución de enfermedades y problemas de salud entre hombres y mujeres”, sostiene el informe “50 años después: mujeres en Cuba y cambio social”, realizado por un equipo interdisciplinario de investigadoras cubanas y publicado a mediados de 2010.

Datos emitidos por el Ministerio de Salud Pública indican que tanto mujeres como hombres mueren, en primer lugar, por enfermedades del corazón, seguidas de tumores malignos y accidentes cerebro-vasculares.

Ellos, sin embargo, fallecen más por lesiones autoinfligidas (suicidios), cirrosis y otras enfermedades crónicas del hígado, accidentes y tumores malignos. En tanto, las cubanas mueren más por diabetes mellitus y enfermedades cerebro-vasculares.

A juicio de la socióloga Reina Fleitas, que “ellos aporten la mayor tasa de mortalidad tiene que ver con la cultura patriarcal”.

En marzo, durante un panel sobre el tema, en el habitual espacio mensual Letra con vida, que promueve el Centro Cultural Dulce María Loynaz, en la capital cubana, Fleitas expuso como ejemplo que “los hombres mueren por cáncer de próstata porque hacen resistencia a hacerse una prueba diagnóstico como el tacto rectal, porque la cultura masculina se los impide”.

De acuerdo con la estudiosa, la educación sexista en la familia va creando las bases de un comportamiento diferenciado que luego, en la adolescencia, la adultez y la ancianidad, cobra sus resultados en vida, calidad de la existencia y salud.

“Crecemos diciendo que el niño es de la calle y la niña, de la casa. Eso incide en que tengamos mayor cantidad de accidentes entre adolescentes varones respecto a las niñas en esas edades. El varón vive mayores situaciones de riesgo y niveles de abandono que la niña, a quien le controlamos su sexualidad y la tenemos en casa”, explicó.

Los accidentes son la principal causa de muerte en niños y adolescentes entre uno y 19 años, señala la economista Teresa Lara en su libro Mujeres en Tránsito, editado con apoyo de la Agencia Española para la Cooperación Internacional (Aecid) y presentado este mes en La Habana.

“La persistencia de una educación aún con rasgos predominantes de la masculinidad heterosexual hegemónica hace que niños y adolescentes se enfrenten con frecuencia a situaciones de riesgo para sus vidas, con el objetivo de demostrar valentía, fuerza y poder”, sostiene Lara.

Estudios en la isla confirman que los hombres tienen una desventaja en relación con las mujeres por mayor exposición al riesgo de muerte violenta, al hábito de fumar, comer y beber alcohol en exceso y hacer poco ejercicio.

Pero si bien ellos aportan las mayores tasas de mortalidad, las mujeres son las que más enferman y exhiben mayores índices de morbilidad.

“Ellas viven más, pero no siempre mejor”, asegura con frecuencia la antropóloga cubana Leticia Artiles, sistemática estudiosa de los temas de salud en Cuba desde las determinantes sociales y de género, para aludir a una calidad de vida que, a su juicio, debiera ser superior.

A esa afirmación la experta añade que “las mujeres debieran vivir más”, pues si bien superan en sobrevida a la población masculina, no siempre se tienen en cuenta los años de vida potencialmente perdidos por la incidencia de determinadas enfermedades y sobrecargas.

Pese a las inversiones y programas a favor de la salud y calidad de vida de las mujeres, ellas afrontan numerosas dificultades en la vida cotidiana, como resultado de carencias acrecentadas con la crisis económica y la sobrecarga doméstica que sigue siendo, fundamentalmente, responsabilidad femenina.

Para Fleitas, “la familia es un aspecto decisivo en los problemas de salud que enfrentan las mujeres”, pues “no solo somos madres de nuestros hijos, sino que también nos sentimos madres de nuestros esposos; somos madres de casi todos los miembros de la familia. Entramos entonces en el ejercicio de sobrecarga de roles con un efecto en la salud mental y la vida cotidiana”.

Ello se traduce en que, en la práctica, las cubanas siguen siendo las cuidadoras por excelencia de sus familiares y los de sus esposos. Pero a la vez que se hacen más responsables de la salud de los demás, descuidan la propia y postergan sus controles.

Magda Hernández, una profesional de 45 años residente en la capital cubana, saca sus propias cuentas: este mes ha faltado tres veces al trabajo para ir al médico.

“En la primera semana llevé a mi hija a la consulta de ortodoncia, y eso me tomó más de tres horas de espera para ver a la doctora”, explica a SEMlac. Luego, esa misma semana, acompañó a su madre a los chequeos sistemáticos en el Centro de Atención a pacientes diabéticos, y eso también le hizo perder casi toda una jornada de trabajo.

Quince días después faltó nuevamente al trabajo para acompañar a su esposo al cardiólogo, “porque él sufrió un pre infarto hace dos años y debe seguir chequeos y tratamientos”, explica.

“Ahora me falta ver a mi endocrino, pues hace dos meses que debo repetirme mis pruebas hormonales para ajustar mi tratamiento, pero con tantos problemas y enfermos, no he podido, no tengo tiempo”, comenta Hernández a SEMlac.

Como ella, muchas cubanas se ocupan más de la salud de su familia que de la propia y, como resultado, se afectan laboral y salarialmente, enfrentan mayor número de preocupaciones y tensiones, disfrutan de menos tiempo para sí y abandonan sus propios tratamientos y salud.

La educación sexista incide, también, en un enfoque que encarga a las mujeres casi absolutamente de su salud sexual y reproductiva y exime a los varones de responsabilidades en el campo de la prevención de infecciones sexuales y el control y la planificación familiar.

“Las familias no educan sexualmente a sus hijos: en casa se habla de pelota, de lo que pasa en la esquina o la novela que transmite la televisión, pero no de sexualidad”, precisa a SEMlac la periodista Aloyma Ravelo.

Master en Sexología y con más de dos décadas dedicada a estos temas, Ravelo es autora de varios libros sobre la sexualidad en adolescentes y mujeres cubanas y atiende una sección de cartas de lectores y lectoras sobre estos temas, hace años, en las revistas Muchacha y Mujeres.

En su opinión, temas como la negociación del condón y la prevención de enfermedades y de embarazos no deseados deben empezarse a tratar en la familia desde edades tempranas, para luego no tener que lamentar infecciones irreversibles, contagios de VIH/sida, abortos innecesarios y esterilizaciones que pudieron evitarse.

“Los programas de educación sexual todavía no son lo suficientemente sólidos y la familia debiera asumir, entre sus múltiples funciones, la de esa conversación necesaria, el apoyo y la ayuda que las y los jóvenes necesitan, pero mucho antes de que empiecen a tener una vida sexual activa”, consideró Ravelo al intervenir en el debate de Letra con Vida.

Culpas y sobre exigencias también marcan, para mal, el camino de la salud femenina, a juicio de la doctora Beatriz Torres, presidenta de la Sociedad Cubana de Estudio Multidisciplinario de la Sexualidad (Socumes).

“Crecemos con muchas culpas. En un mundo competitivo, hemos tenido la oportunidad y hemos ocupado muchos espacios. Pero llegamos a casa y nos sentimos en falta, queremos recuperar lo que no hemos hecho con jornadas extensivas y horarios agotadores que también afectan nuestra salud”, explica.

En su opinión, ese comportamiento abre la puerta a muchos malestares, incluyendo el agotamiento real que experimentan no pocas mujeres cuando llega el momento de asumir una relación erótico sexual que desean y quieren disfrutar, pero a la cual llegan casi siempre agotadas. “A veces, entonces, la relación sexual es la última actividad de nuestra agenda de trabajo”, precisa Torres.