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Tratamiento periodístico sobre desaparición de personas

Cómo actuar frente a la desaparición de una persona

Fueron cinco horas de rumores: que apareció él, pero ella no. Que ella también. Que bueno, no apareció, pero llamó. Que la vieron. Que nadie la vio. Que ya lo dijo la familia. Que sólo lo dijo la policía. Que a una amiga de una prima le llegó.

Imagen : Criterio Online

Fernanda Chacón había desaparecido el pasado viernes y, hasta el lunes al mediodía, nada se sabía de ella. Pero a las 12 y pico las voces-pasillo empezaron a correr y ya no pararon. La aparición de la militante feminista y las contrainformaciones que circularon durante ese día, antes de que -recién a las 17hs- la fiscalía confirmara in situ que estaba sana y salva, dieron lugar a un profundo debate comunicacional. ¿Qué hacemos frente a las desapariciones de personas? ¿Cuáles informaciones publicamos y cuáles no? ¿A quién le creemos?

La primera bombita estalló cuando alguien publicó como dato cierto y concluyente que Fernanda había aparecido y estaba bien. La fuente era la Comisaría 29, en donde estaba radicada la denuncia. La reacción frente a esa afirmación fue igual de determinante: “A la yuta no le creemos”. Parte de las compañeras y militantes desmintieron a quienes daban a la mujer como “aparecida” y pidieron que la sigan buscando. A partir de ahí todo fue un torbellino lingüístico. La pregunta se repetía como un loop en redes sociales y grupos de Whatsapp: “¿Apareció o no?”

En tiempos donde toda noticia debe ser espectacularizada para ser rentable, las grandes empresas mediáticas sólo buscan historias que puedan convertirse en folletín. Crímenes con giros inesperados, casualidades morbosas, datos de colores flúo y otras especias estimulantes para el espectador, tan acostumbrado a la comida ultraprocesada. Pero, además, el periodismo quiere ser parte. Y como no soporta saberse por fuera de cualquier triángulo protagónico, entonces busca ser el gran narrador omnisciente, el portavoz oficial, el primero, el único. Y entonces, el despatarre. Pero no están solos: para la generación de las redes sociales, todos somos potenciales comunicadores. Y todos caemos, en consecuencia, en la mórbida trampa del ego informativo.

Pero, ¿qué hacemos entonces frente a una desaparición? Sin ánimos de tirar ninguna posta, algunos consejos rápidos para el tratamiento periodístico responsable en casos de desaparición de personas.

– “Hacer un escándalo”. Así lo dice Juan Carr, presidente de la Red Solidaria. Y responde a algo que parece una obviedad, pero no: para retractarse hay tiempo. Las primeras 24 horas son fundamentales en la búsqueda de una persona: en caso de estar privada de su libertad de manera forzosa se evitan posibles salidas del país o de la ciudad y se puede llegar a quebrar la cadena de complicidades en un eslabón aún débil.

– Evaluar el contexto de la persona desaparecida. Los niños, los ancianos, las mujeres y personas del colectivo TLGBI conforman grupos de alto riesgo y deben declararse en urgencia de inmediato. Saber si existen amenazas previas, denuncias o razones para pensar que alguien pudiera atentar contra su integridad, conforma un mapa de posibilidades más riguroso que es necesario dar a conocer. Achicar el campo de movimiento fluido de un/a posible captor/a puede conducir a un quiebre de su voluntad o a la rendición.

– Difundir en medios de comunicación, redes sociales y lugares habitados por la persona desaparecida sólo la información proporcionada por la familia: fotos, vestimenta, características físicas o zona donde se la vio por última vez, así como datos relevantes de su historia. No agregar teléfonos, direcciones o imágenes que no hayan sido proporcionadas por la familia o responsables legales de la misma.

– No teorizar públicamente. Tener presente que quienes buscan se encuentran en un alto estado de vulnerabilidad emocional y psíquica. Las especulaciones novelísticas -insistimos: a menos que sean brindadas por la familia o allegados cercanos- sólo aumentan el dolor de quienes buscan y obligan a desdoblar esfuerzos y perder ejes. Además, pueden influenciar a quienes llevan adelante la investigación y así perder tiempo.

– No perseguir a familiares en búsqueda de información. Lo mejor en casos de alto nivel de demanda informativa y estrés es armar redes de periodistas y centralizar la información con algún familiar o portavoz de la familia. Así se evitan teléfonos descompuestos y desgastar, por demás, a quienes están preocupados por su situación.

– La vida privada, los correos electrónicos o mensajes de teléfonos celulares y otros dispositivos no deben ser llevados al terreno público, a menos que tengan particular relevancia. La información indiscreta no necesaria puede contaminar el caso y, como ya dijimos, hacer que se pierda tiempo en hilos de investigación irrelevantes e inconducentes.

– No juzgar a la víctima. Hacer juicios de valor sobre la situación de la persona desaparecida, sus prácticas o entorno sociocultural sólo culpabiliza y revictimiza a la persona damnificada.

– La policía es la última fuente. Cuando haya que confirmar un desenlace, o incluso durante el desarrollo del caso, se buscará primero confirmar con la familia, portavoces familiares o encargados de la causa. En caso de que eso no sea posible se acudirá al sistema judicial. Sólo en última instancia la policía será buscada como fuente. Pero rara vez será concluyente. El orden de prioridades se basa en la credibilidad respecto de los casos policiales y delincuenciales que el periodismo sabe tratar. En casos de alto riesgo, la confirmación será definitiva sólo cuando el círculo íntimo de la persona buscada confirme el encuentro concreto.

– No se juzgará a la persona encontrada salva. El tono aleccionador y ofendido de las empresas periodísticas sólo desalienta la movilización y denuncias en futuras desapariciones. Será siempre preferible mover cielo y tierra y que al final hayan sido unas vacaciones que dejar pasar el tiempo y se convierta en una menos.

– En caso de que la persona aparezca, es necesario borrar de inmediato las imágenes e información difundidas en medios y redes sociales. Así se evitará una sobreexposición de la misma y se colaborará con una más rápida recuperación de todo el entorno familiar.

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